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domingo, 24 de febrero de 2019

La economía aún necesita de la filosofía


A propósito de la visita de Martha Nussbaum a Medellín el próximo mes, el Parque Explora y la Universidad de Antioquia comparten con Arcadia algunos apartados de una conferencia dictada por la filósofa en la Asociación para la Economía Social en enero de 2014. 

I. Ausencia de filosofía

La economía nació de la filosofía. 

Adam Smith —por no hablar de antiguos contribuyentes como Aristóteles— articuló su fundamental análisis económico con argumentos filosóficos normativos que con frecuencia los economistas ignoran, interpretando así a Smith de manera errónea y torpe.[1] 

Los utilitaristas británicos Bentham, Mill y Sidgwick, cuyas ideas son cruciales para la economía moderna, fueron tres filósofos distinguidos y perspicaces; separar la contribución de sus complejos planteamientos filosóficos a la economía, sería distorsionar su trabajo. Por otro lado, cada día se hace más visible la pasión vívida y fuerte de John Maynard por la filosofía a lo largo de su existencia; escribió sobre temas éticos y normativos, aunque muchos de sus escritos no se publicaron en vida.

Hoy, sin embargo, vivimos en un mundo en el que la economía goza de un gran prestigio, mientras que la filosofía (generalmente de la mano de las humanidades) tiene un prestigio relativamente bajo. 
Las comisiones gubernamentales que tienen que ver con asuntos de bienestar social, con frecuencia solicitan la asesoría de economistas, no de filósofos. 

La deferencia con la cual son generalmente acogidos los economistas en el mundo político, contrasta con la indolencia, e incluso desdén, que se muestra hacia la filosofía. En muchos períodos, la política buscó la asesoría de los filósofos, aún después de que la economía pasara a un primer plano. Sin dejar de considerar la gran influencia política de figuras como Séneca y Marco Aurelio, podemos simplemente mencionar al mismo Smith, y a sus contemporáneos Rousseau y Montesquieu, así como a predecesores influyentes tales como John Locke y Roger Williams, todos ellos figuras políticas de gran importancia en su tiempo. Podemos continuar la lista con Augusto Comte y, por supuesto, con los utilitaristas británicos.

Y hoy, ya sea como consecuencia del descuido público hacia la filosofía o bien como una causa parcial, los economistas se han alejado muchísimo del estudio serio de la filosofía. 

Entre los economistas destacados, Amartya Sen se encuentra prácticamente solo (y quizás completamente solo) en el hecho de combinar trabajo en economía de avanzada con trabajo igualmente fundamental en filosofía. 

Desde hace tiempo, Sen viene haciendo campaña por un matrimonio más general entre las disciplinas, y ha demostrado al mundo, de muchas maneras, por qué son importantes las conexiones. 

Durante años he colaborado con él, tratando de consolidar ese trabajo colaborativo —primero en un proyecto en el World Institute for Development Economics Research (WIDER) [Instituto Mundial de Investigaciones en Economía del Desarrollo] en Helsinki, una filial de la Universidad de las Naciones Unidas, y luego, actualmente, a través de la Human Development and Capability Association (HDCA) [Asociación para el desarrollo y las capacidades humanas], una organización internacional con ochocientos miembros en ochenta países, que realiza reuniones anuales y publica una revista. 

Uno de los propósitos centrales de la Asociación ha sido mejorar el trabajo colaborativo entre la filosofía y la economía. Sen y yo nunca pensamos que cada individuo necesite adquirir un alto grado de conocimiento experto en ambas disciplinas. (De hecho, yo no tengo un alto nivel de conocimiento experto en economía y nunca podría trabajar en un departamento de Economía, pero me he educado para participar seriamente con economistas en debates sobre el desarrollo. De manera rutinaria enseño con un colega economista). 

Desde el comienzo de nuestros proyectos piloto en WIDER, esperábamos, más bien, que las conversaciones entre los mejores expertos en cada disciplina alimentaran el trabajo conjunto, y que mucha gente, a medida que pasaba el tiempo, produjese trabajo que, basado bien en una u otra disciplina, mostrara una comprensión seria y respetuosa hacia la otra disciplina.

(...)
A veces, esta confiada indolencia se instiga con el pensamiento de que la filosofía, dado que es en su totalidad no-matemática, debe ser fácil, algo que se puede aprender en pocos días. Con frecuencia se escucha hablar de esta forma a reconocidos economistas. Cada filósofo, también, puede dar muchos ejemplos de trabajos de economistas que utilizan textos filosóficos de manera displicente, sin rigor filosófico, incluso sin comprensión. No voy a mencionar nombres aquí, pero es fácil deducirlos. Que esta gente sea ampliamente admirada demuestra que en economía es aceptable mostrar desprecio por la filosofía y utilizarla de cualquier manera. Si yo tuviera que presentar una conferencia cometiendo errores fundamentales en economía y demostrando que no podría pasar un curso introductorio en esta disciplina, ninguna puerta se abriría para mí. Tal desprecio por la filosofía puede evitarse con prácticas regulares de coautoría, co-enseñanza, pero esas prácticas no son tan comunes como deberían ser.
Desde el comienzo de la colaboración, estas actitudes comunes en economía causaron dificultades. Sen y yo nos preguntábamos cuáles economistas podíamos invitar, que tomasen las ideas filosóficas con seriedad y reflejasen ese estudio serio en su trabajo. Y por supuesto, encontramos gente, incluso distinguida, como Kotaro Suzumura, John Roemer, Kaushik Basu (ahora director económico en el Banco Mundial, quien había sido presidente de HDCA), y, por supuesto, Jean Drèze. Mucho más cercanas, figuras destacadas como Tony Atkinson (quien fuera también presidente de HDCA) y Angus Deaton, mostraron respeto por este trabajo interdisciplinario. Sin embargo, las personas que Sen y yo invitábamos, en un entorno de alto perfil, personas con iniciativas destacadas e iluminadoras en su profesión, simplemente perdían el arrojo, particularmente los jóvenes. Llegaron a presentar conferencias mucho más convencionales y menos interdisciplinarias de lo que esperábamos. Después de todo, estaban haciendo su camino en una profesión muy intolerante y jerárquica, en la que las principales revistas, por lo regular, no publican trabajos que sean seriamente interdisciplinarios.

Del lado de los filósofos, las dificultades fueron de otro tipo. De manera general, los filósofos no saben mucho sobre el mundo, y en lo que conocen de él, no siempre encuentran maneras útiles de revelar ese conocimiento en sus escritos. Tienen miedo de un estigma añadido al término “aplicada” y tienden a evitar material empírico, a menos que se encuentren en un sub-campo relativamente autónomo como la bioética, la que, por ser aplicada, muchos filósofos miran con desprecio. Una vez más, este problema hizo incómoda la colaboración desde el comienzo. Pedíamos a los filósofos invitados a nuestras conferencias que hicieran inmersión en literatura sobre la economía del desarrollo y que escribieran artículos que reflejaran esa inmersión. (¡Les pagábamos bien!). Esa instrucción fue pocas veces atendida.[2] De todas maneras, el trabajo que se traía a WIDER era lo que cada uno estaba haciendo, sin mostrar gran preocupación por las problemáticas del desarrollo, era sencillamente bastante fácil para el trabajo que rutinariamente realizaban, con frecuencia excesivamente abstracto y técnico, y al parecer irrelevante para los economistas.
(...)
Pero ¿por qué es esto importante? ¿No superó ya la economía su necesidad por la filosofía? Después de todo, la filosofía acostumbraba incluir campos como la cosmología y la biología, y estos campos se desarrollaron floreciendo como ciencias independientes. Se podría sugerir que esto ya sucedió con la economía. Sus premisas son propias, no asuntos triviales discutibles en un debate filosófico, y las conclusiones sacadas de estas premisas tienen una independencia similar. Permítaseme ahora dedicar el resto de este artículo a la discusión en siete áreas en las cuales la indolencia por la filosofía perjudica el trabajo académico sobre el desarrollo humano, donde hay un rico espacio para trabajos originales. La lista es solo una muestra y refleja mis propios intereses. En este segundo momento —escribí un artículo con relación a esto en 1997, con el significativo título “Flawed Foundations” [Cimientos imperfectos], mi lista tiene un enfoque diferente y no repite las mismas cuestiones que fueron el foco del texto previo.[5] En lo que sigue, expresaré por momentos mi propia perspectiva sobre el tema. Pero, por supuesto, el hecho de que algunas personas, y yo misma, nos hayamos interesado por estos asuntos no impide que otros también lo hagan. Uno de los peores aspectos de la penuria de la filosofía en determinado campo es que ciertas posiciones pueden pasar por ortodoxas e inobjetables, cuando en realidad son altamente objetadas y objetables. Si estas cuestiones estuviesen resueltas, un solo filósofo podría de manera autoritaria representar la profesión y los economistas podrían simplemente escuchar a esa autoridad, en lugar de invertir tiempo aprendiendo a hacer filosofía. Pero estas cuestiones no están resueltas, y el debate continuo debe entenderse antes de que un especialista forme su propia opinión sobre el asunto.

La economía tiene varios lados. Mi propia experiencia es primeramente con la economía del desarrollo, que es atípica en ser franca e implacablemente normativa. La misma palabra “desarrollo” es un término normativo que significa que las cosas están mejorando.[6] Al exponer mis argumentos me enfocaré en el área que conozco mejor, pero también espero poder indicar por qué estas problemáticas que presento están también en el corazón de la economía del bienestar, y en la teoría de la elección social.

II. Por qué y dónde interesa la filosofía 

Antes de adentrarme en las áreas concretas, permítanme decir algo sobre la filosofía y su historia. La historia de la filosofía es una parte viva de ella, lo que, prácticamente, no es del caso, para la economía. 
Hoy, un buen trabajo filosófico necesita prestar atención a las figuras del pasado (tanto en la tradición occidental como en la no-occidental) que han tratado cuestiones similares. Los departamentos de filosofía más prestigiosos llevan a cabo un estudio serio y de alto nivel académico de la historia de la filosofía como parte central de sus exigencias de preparación para los jóvenes filósofos en formación. Y aquí, una vez más, ellos no aprenden lo que los textos dicen como si fuera absolutamente claro y no hubiese lugar para la discusión. Ellos aprenden los argumentos existentes sobre lo que pensaron Kant o Hume sobre problemas cruciales, y aprenden a leer textos de manera crítica y erudita, produciendo lecturas propias. 

¿Por qué prestar toda esta atención a lo que parecen ser asuntos solo para especialistas?

En parte, las razones para esta necesidad de historia tiene que ver con el contexto y la cultura. Necesitamos entender qué partes del problema filosófico están construidas por nuestra manera local de ver el mundo, y qué partes pueden ser más perdurables. También necesitamos recuperar alternativas que nos han sido ocultadas debido a corrientes culturales y religiosas. Por ejemplo, los filósofos siempre vuelven a los antiguos griegos para recuperar maneras de enmarcar un problema oscurecido por las tradiciones cristianas.  

Existe otra razón para estudiar textos históricos en relación con los métodos que usamos para formarnos en pensar bien en tanto que filósofos. Necesitamos estar en conversación con las mentes más grandes y mejores, no con las más recientes. En cada siglo solo habrá unos pocos filósofos con verdadera profundidad y grandeza. Así que nuestro propio pensamiento progresa en la medida en que nos aferramos a lo que es grande y profundo. John Rawls siempre enseñó textos históricos, y casi nunca su propio trabajo u otro trabajo contemporáneo. Sus puntos de referencia principales fueron Aristóteles, Hume, Kant y Hegel. El volumen-homenaje que le presentaron sus estudiantes fue llamado de manera bastante apropiada: Reclaiming the History of Ethics. (Recuperación de la historia de la ética), y los editores dieron cuenta, según Rawls, del progreso del pensamiento haciendo la mejor interpretación constructiva de un texto histórico.[7] Rawls impartió a sus distinguidos estudiantes la idea de que un trabajo gana en profundidad y sutileza si es desafiado continuamente por los realmente grandes pensadores; filósofos tales como Joshua Cohen, Christine Korsgaard y Amartya Sen (fuertemente influenciado por Rawls como colega), han seguido su perspectiva. El maravilloso libro de Sen The Idea of Justice[8] [La idea de justicia], muestra la gran importancia, por ejemplo de un estudio intensivo y a largo plazo de John Stuart Mill y John Rawls.

El enfoque histórico de Rawls prevalece aún hoy, pero es importante notar que no siempre fue sí. Hubo un tiempo en que los jóvenes filósofos eran motivados a leer solamente artículos de revistas recientes, pues era todo lo que necesitaban. Un filósofo destacado de una universidad importante llegó a tener un aviso en su puerta que decía: “No más historia de la filosofía”. Recuerdo una ocasión en la que, siendo profesora asistente, tenía la tarea de entrevistar candidatos para una vacante en el Departamento, junto con Rawls en la American Philosophical Association [Asociación Estadounidense de Filosofía]. Uno de ellos era un joven del mismo departamento que exhibía ese anuncio. El candidato expuso algunos argumentos en contra del utilitarismo. Cuando salió, Rawls dijo con tristeza: “¡Qué lástima que ese joven haya sido educado tan mal! Piensa que todo lo que necesita hacer es criticar la versión del utilitarismo que encuentra en las revistas, y es claro que nunca se ha acercado a la versión del asunto en Sidgwick, mucho más sutil”. 

En lo que sigue, queda entonces incluida mi recomendación que los economistas deberían estudiar el pensamiento de los más importantes textos que la filosofía ha producido a través de la historia, y no limitarse a artículos publicados en revistas contemporáneas. Ahora bien, entro en áreas sustantivas en las que el estudio del desarrollo humano necesita alimentarse continuamente de la filosofía. 

Primero, la justicia. Los filósofos del siglo pasado progresaron de manera radical pensando la justicia social y describiendo sus condiciones necesarias. Ese trabajo necesita convertirse en una presencia constante en cualquier trabajo en economía que tenga una dimensión normativa, tanto en bienestar social como en desarrollo. Dos importantes libros de Jhon Rawls, A Theory of Justice [Una teoría de la justicia] y Political Liberalism [Liberalismo político],[9] galvanizaron y transformaron la profesión. Previo al trabajo de Rawls, el estudio normativo de la justicia había languidecido, pues los filósofos, influenciados por un positivismo lógico convencieron a muchos de que las únicas indagaciones que tenían sentido eran investigaciones empíricas y asuntos de análisis conceptual abstracto. Para ellos, teorizar acerca de la justicia, a la manera de Aristóteles, Hume y Kant no era ni lo uno ni lo otro, por lo que concluyeron que carecían de contenido real. Rawls demostró que no tenían razón. Mostró cómo una indagación abstracta normativa acerca de la justicia podía tener suficiente fundamentación, qué tipo de justificación proveía para sus resultados y por qué debíamos tomar seriamente los resultados. También presentó, evidentemente, un reporte enérgico de los resultados que podían ser alcanzados por medio de una indagación racional sobre los principios que gobiernan la distribución de libertades, oportunidades, y recursos materiales en una sociedad bien ordenada, construida según ciertas reglas morales (imparcialidad, ante todo).
(...)
Segundo, bienestar social y no-conmesurabilidad. La mayoría de las versiones del enfoque de capacidades propuesto por Sen / Nussbaum funciona con una lista de bienes considerados plurales y no-conmensurables, articulando esta idea con la idea de bienestar o de una buena vida. Este enfoque filosófico ya está en Aristóteles, y sorprende que la mayoría de los economistas no sientan la necesidad de tomarlo en consideración. Sin embargo, fuera del pequeño grupo heterodoxo de economistas, la mayoría de los reportes económicos sobre bienestar social sigue inclinándose pesadamente, implícita o explícitamente, hacia la tradición benthamiana del utilitarismo, ignorando incluso la perspicaz crítica de John Stuart Mill que ya hacía énfasis en distinciones cualitativas y, en consecuencia, dejaba de reconocer la prominencia de los bienes plurales y no-conmensurables. El libro de Amartya Sen On Ethics and Economics [Sobre ética y economía] mostró tiempo atrás la importancia de que los modelos económicos se interesaran realmente por este enfoque. Jonathan Wolff y Avner De-Shalit hicieron un trabajo maravilloso sobre este problema en el contexto de pensar las capacidades.[16] Pero estos enfoques no han logrado integrarse en las principales corrientes económicas, lo que indica que todavía falta mucho por hacer.
(...)
Tercero, pluralismo razonable y liberalismo político. El enfoque de capacidades, como otras teorías del desarrollo, puede ser utilizado meramente de manera comparada, para dar cuenta de un espacio de comparación. Pero ya, en la mayoría de los escritos sobre el desarrollo, y en los reportes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo —PNUD— la normatividad entra a hurtadillas en la selección de los criterios utilizados para clasificar las naciones. Versiones más teóricas del enfoque del desarrollo humano son profundamente normativas y recomiendan determinadas metas, especialmente en salud y educación, para todas las naciones. Incluso si el PIB per cápita es el único criterio para clasificar las naciones, eso también es normativo, a partir de lo cual se sugiere, o bien incrementar el PIB como lo más importante en las metas de desarrollo de una nación, o bien confiar en el efecto que este incremento produce en las otras cosas que son importantes. Entonces, la economía del desarrollo es normativa en esencia, y lo es también la del bienestar social. He ido un poco más lejos que la mayoría de los economistas del desarrollo con mi detallada teoría de las metas sociales, pero se trata de una diferencia de grado, no de clase. Para prácticamente todos los teóricos del desarrollo, se seleccionan ciertas metas en el foco de la planeación política, y estas son recomendadas para toda la gente en grandes sociedades heterogéneas tales como India o los Estados Unidos. Aun más, son recomendadas para las diversas naciones del mundo. (En realidad, pienso que es la misma cuestión, solo que mucho más amplia, porque todas las naciones modernas actualmente cuentan con religiones y con otras doctrinas del significado de la vida, como cualquier nación diversa; solo que la historia y los números son diferentes. Me enfocaré primero en el caso doméstico, y luego, para concluir, abordaré el caso mundial.[20]) Entonces por qué, y bajo qué condiciones, puede ser apropiado recomendar un conjunto de metas para esta diversidad de gente en una nación de dimensión importante. Y las consideraciones del pluralismo cultural y religioso ¿qué restricciones nos llevan a introducir, con el fin de hacer de esto una concepción del desarrollo defendible? En otras palabras,

 ¿qué está equivocado en la idea de Aristóteles de que basamos nuestros principios políticos en una descripción completa de la vida como florecimiento humano?

Olvidémonos de la implementación. Creo que la mayoría de nosotros estaría de acuerdo en que las concepciones de una buena vida no deberían sernos impuestas por la fuerza por otra nación soberana. Los paradigmas normativos del desarrollo que los teóricos plantean son solamente patrones para persuadir, y si alguna vez van a ser implementados, debe ser como resultado de la deliberación y elección de la gente de una nación. Por esto es que nos preguntamos en qué medida se justifica que los pensadores hagan recomendaciones para una sociedad pluralista.

¿Cuál es el problema? 

En resumen, es lo siguiente. 
En cualquier sociedad moderna, los ciudadanos tienen diferentes visiones del significado y del propósito de la vida; algunos una visión religiosa, otros una visión secular. Los principios políticos deberían reconocer y respetar dicha diversidad. Una manera de respetar la diversidad es protegiendo amplias áreas de libertad: la gente debería ser libre de vivir según sus propias ideas de lo que es bueno, excepto cuando interfieren en los derechos de los otros o en algunas otras consideraciones públicas urgentes, como en lo que tiene que ver con la paz y la seguridad. Podemos pensar en este principio como una versión más amplia de la cláusula de la Constitución de los Estados Unidos, la “Cláusula del libre ejercicio”. Esa cláusula está formulada en términos de religión, pero también podemos extenderla a las ideas no-religiosas de la vida.
(...)
Ya que supongo que la mayoría de los economistas defienden el no-establecimiento de la religión como materia de los principios constitucionales, parece extraño que ellos ignoren la manera como sus propias recomendaciones de una doctrina comprehensiva y general del bienestar social es un tipo de establecimiento (secular) que plantea los mismos problemas. 
Claro que siempre pueden objetar el argumento de Rawls /Larmore y defender la posición de que una doctrina comprehensiva y general es la mejor base para una política pública. (Algunos filósofos que lo han hecho —Joseph Raz, con argumentos elegantes, aunque, publicados antes que Rawls y Larmore— ni siquiera intentan refutar esa posición.) Lo que parece desafortunado es ignorar el asunto por completo y no ofrecer argumentos, cuando se trata de una de las cuestiones más urgentes en todas las sociedades modernas. No obstante, aun economistas extremadamente filosóficos escriben copiosamente sobre la promoción del bienestar social, y simplemente ignoran el asunto.[24]

Al notar esta inmensa ausencia, decidí que tendría que escribir acerca de la urgente importancia de esta idea, y sobre las razones por las cuales la teoría y las políticas del desarrollo deberían considerarlo en el proceso, como lo hice en Philosophy and Public Affairs [Filosofía y Asuntos Públicos] en el invierno de 2011, tratando de aclarar algunas confusiones sobre la manera como el mismo Rawls articuló esta perspectiva. Luego confronté este punto de vista con las versiones perfeccionistas del liberalismo desarrolladas por Isaiah Berlin y Joseph Raz, argumentando que el punto de vista de Rawls / Larmore (desarrollado a mi manera) es superior.[25]  Este artículo es para mí uno de los más importantes de mi carrera, y parece difícil interpretar mi trabajo sin él. Aun si esta contribución filosófica, publicada en una revista de filosofía, es casi totalmente ignorada por los profesionales del desarrollo, incluso por aquellos comprometidos con el enfoque del desarrollo humano.[26] También he encontrado que las discusiones, en su mayoría amigables sobre mi libro Creating Capabilities [Crear capacidades] han ignorado por completo el asunto, y me han interpretado como proponente de una doctrina comprehensiva general, a pesar de mi insistencia en el asunto del liberalismo político que aparece en el libro. Tengo que estar recordándolo una y otra vez. No me preocupa si la gente no está de acuerdo conmigo en estas opiniones, y proponen contra-argumentos defendiendo, digamos, las posiciones de Joseph Raz que yo crítico. Pero no deberían ignorar el asunto.

Cuarto, y un asunto relacionado: la filosofía nos ofrece argumentos ricos y persuasivos concernientes al relativismo y al universalismo, una cuestión de importancia central en las políticas del desarrollo, y una cuestión sobre la que los economistas son generalmente ingenuos. Mucho del trabajo que realicé con Sen en WIDER se enfocó sobre esta cuestión, recurriendo a filósofos destacados como Hilary Putnam, Seyla Benhabib, Charles Taylor y Thomas Scanlon con el fin de presentar argumentos sobre estos temas claramente para una audiencia de políticos y economistas. Argumentábamos que las culturas son de manera inherente lugares de debate y crítica, y que por esto precisamente la idea de nombrar “la cultura” necesita ser cuestionada.[27]  ¿Ha servido esto para algo? Pues bien, los argumentos siguen presentes de manera sutil dentro de la filosofía y en esas contribuciones a la literatura del desarrollo escrita por filósofos. Pero todavía queda mucho por hacer, y encuentro que necesito repetirme con más frecuencia de lo que me gustaría, en lo que tiene que ver con cómo respondo a los cargos sobre el imperialismo cultural. La visión utilitarista es inherentemente relativista, en cuanto que las preferencias que se forman bajo condiciones de fondo injustas o sub-estándar se incluyen en la función de elección social, a menos que se llegue a un compromiso explícitamente filosófico concerniente a preferencias cuidadosamente seleccionadas. Entonces el asunto no es secundario, como lo han considerado economistas serios como John Harsanyi y Amartya Sen.[28]
(...)
Quinto, libre albedrío y responsabilidad. Esta es claramente una de las cuestiones filosóficas más amplia, antigua y más contenciosa en cada tradición. Más aun, se intersecta con una amplia gama de asuntos que están en discusión y que encuentran relación tales como la naturaleza de la culpa y la justificación del castigo que anida en el corazón de las políticas públicas. Es difícil crear una teoría social, y seguramente cualquier teoría del desarrollo o del bienestar social, sin pensar en profundidad acerca de si la gente es responsable, y hasta qué punto, por sus acciones.

 ¿Es el mundo determinista? Si lo es, 

¿niega el determinismo el libre albedrío o es compatible con él?

Hay dos ejes para el argumento: el del determinismo versus indeterminismo y el de la “compatibilidad” versus la “incompatibilidad”. Hay cuatro posibles posiciones, todas tomadas de filósofos destacados. La primera es la de la incompatibilidad determinista: el mundo es determinista y niega el libre albedrío. (Nietzsche es un ejemplo de alguien que sostiene esta perspectiva, pero es bastante común en la filosofía reciente). La segunda es la de la compatibilidad determinista: el mundo es (en cierto nivel) determinista, pero esto no niega el libre albedrío. Esta posición tiene un alto pedigrí filosófico, articulándose con los antiguos estoicos griegos, con Kant, Hume y con muchos pensadores contemporáneos. La tercera es la de la incompatibilidad indeterminista: el libre albedrío no es compatible con el determinismo, pero poco importa, puesto que el mundo, de todas maneras, no es determinista. Aristóteles pudo haber sostenido esta idea, como Epicuro y Lucrecio, y los pensadores modernos usan la mecánica cuántica para desarrollar una versión de la misma cosa. La cuarta opción, la de la compatibilidad indeterminista, presenta menos interés, pues no presenta una amenaza determinista para el libre albedrío, entonces ni siquiera necesitamos elevar la cuestión de la compatibilidad. Es fácil para quien no ha estudiado filosofía seriamente confundir las posiciones aquí: por ejemplo, confundir incompatibilidad indeterminista con compatibilidad determinista, puesto que ambas nociones defienden una noción significativa del libre albedrío. Tales confusiones necesitan evitarse en una teoría social que aspire a lograr una precisión intelectual.
(...)
Sexto, la naturaleza de la emoción y el deseo. Este es, naturalmente, un amplio grupo de cuestiones, sobre las cuales la filosofía ha desarrollado de tiempo atrás descripciones sutiles, mientras la economía tiende a utilizar un conjunto de conceptos más estrecho y crudo (aunque recientemente la economía del comportamiento ha mejorado las cosas). Los filósofos han articulado cuidadosamente un número de categorías diferenciadas: emociones, deseos, apetitos, modos, elecciones que la economía normalmente incorpora  bajo la amplia noción de “preferencia”, a menudo sin decir mucho sobre de qué preferencias se trata o cómo se relacionan con estas otras categorías; aunque bajo la presión de Sen, han dicho por lo menos un poco más. En 1997 yo argumentaba que necesitan distinguirse diferentes conceptos de manera clara y sistemática, y que estas distinciones hacen una diferencia para las aseveraciones que hacen los economistas. Sen argumentó algo similar en su importante y famoso artículo “Rational Fools” [Los tontos racionales].[30] Pero, finalmente, ha habido poco del trabajo fundacional necesario para presentar distinciones relevantes con claridad.
(...)
Séptimo y último, justificación. ¿Cómo se justifica una teoría ética, cómo establece su reivindicación por la validez? ¿Tiene la teoría política diferentes estándares de justificación? En el último caso, ¿cómo se relaciona la justificación con la legitimidad? Todos estos interrogantes han sido discutidos perspicazmente por años en el ámbito de la filosofía, ¡por lo menos desde Platón! Platón, Spinoza y Sidgwick defienden algún tipo de explicación fundacionalista, con credenciales epistémicas superiores, y otros, como Aristóteles y recientemente, John Rawls, quien defiende un tipo de “coherentismo”, según el cual una explicación se establece gracias a su disposición para organizar creencias, intuiciones y nociones teóricas en un todo potente y coherente. Por supuesto, hay varios tipos de fundacionalismo, que difieren según su perspectiva de lo que es fundacional, y de cómo este consigue un estatus privilegiado, y también hay diferentes tipos de coherentismo. El gran especialista Bimal Matilal (quien trabajó un corto tiempo con Sen y conmigo en WIDER, antes de su muerte prematura en 1991) muestra que un debate paralelo ha tenido lugar en el seno de la filosofía de la India.[34]

Este debate está totalmente ausente de la economía del desarrollo y de la economía del bienestar social contemporáneos y, me atrevo a sugerir, la mayoría de los economistas piensa que es una pérdida de tiempo. No es una pérdida de tiempo, porque si no se piensa al respecto, se estaría simplemente argumentando en el aire, como un equilibrista de cuerda floja sin cuerda. Uno podrá permanecer en el aire por algún tiempo, ¡pero la caída es inevitable! Por supuesto, la economía tiene algo para decir sobre estos problemas, por lo menos de manera implícita, pero es un duro desafío calcular ese algo, y compararlo con las explicaciones de los filósofos que he mencionado.
Los economistas acostumbraban a dejar espacio para tales problemas, en los tiempos de Adam Smith. Hoy, sin embargo, la economía los olvida casi por completo, y al seguir su camino como si el progreso pudiera darse sin entenderlos, los considera sin importancia. Las explicaciones sobre el bienestar social y el desarrollo que son producidas sin la participación activa y continua de la filosofía dejan mucho que desear. Embarcarse en un trabajo serio sobre estos temas fundacionales no es un picnic, porque son fundacionales, y una vez que un economista los entienda, puede resultar que mucho de lo que se ha hecho tenga que volver a hacerse. Aun más, puesto que los debates filosóficos no están resueltos, entenderlos puede llevar a un pluralismo metodológico en economía, más amplio de lo que muchos economistas considerarían deseable. Pero la alternativa parece ser construir intricados castillos en el aire. Esto es divertido y estéticamente agradable, pero no es una buena ni responsable manera de construir progreso intelectual.

Conferencia plenaria presentada en la Asociación para la Economía Social, en enero 2 de 2014

*Marta Nussbaum es Ernst Freund Distinguished Service Professor of Law and Ethics, [Profesora de servicios distinguidos en Derecho y Ética Ernst Freund], vinculada al Departamento de Filosofía y a la Escuela de Derecho. La autora señala que lo expuesto aquí se traslapa con su artículo “Philosophy and Economics in the Capabilities Approach: An Essential Dialogue,” [“Filosofía y Economía en el enfoque de las capacidades: Un diálogo esencial”], Journal of Human Development and Capabilities 16 (2015), 1-15, que se centra en asuntos internos al enfoque del desarrollo humano, algunos de los cuales están desarrollados ampliamente en el presente escrito. Este traslape fue aprobado por el editor del Journal, para quien la autora expresa sus agradecimientos.

**Traductora: Martha Pulido Correa, Profesora Universidad de Antioquia. 

NOTAS
[1] Sobre estas representaciones equivocadas, veáse Emma Rothschild, Economic Sentiments: Adam Smith, Condorcet, and the Enlightenment [Sentimientos económicos: Adam Smith, Condorcet y la Ilustración] (Cambridge, MA: Harvard University Press, 2001). Otras contribuciones recientes de gran valor para entender las nociones filosóficas de Smith en su relación con la economía incluyen Charles L. Griswold, Jr., Adam Smith and the Virtues of Enlightenment [Adam Smith y las virtudes de la Ilustración] (New York and Cambridge: Cambridge University Press, 1999); Samuel Fleischacker, A Third Concept of Liberty: Judgment and Freedom in Kant and Adam Smith [Un tercer concepto de libertad: Juicio y libertad en Kant y Adam Smith] (Princeton: Princeton University Press, 1999); Fleischacker, On Adam Smith’s “Wealth of Nations”: A Philosophical Companion [Sobre “La riqueza de las naciones” de Adam Smith: Compendio filosófico] (Princeton: Princeton University Press, 2009); Jerry Z. Muller, Adam Smith in His Time and Ours: Designing the Decent Society [Adam Smith en su tiempo y en el nuestro: Concebir la sociedad decente] (New York: The Free Press, 1993, Princeton: Princeton University Press, 1995).  Para una visión de conjunto, veáse Stephen Darwall, “Sympathetic Liberalism: Recent Work on Adam Smith,” [Liberalismo compasivo: Trabajo reciente sobre Adam Smith] Philosophy and Public Affairs 28 (1999), 139-64. 
[2] Una ilustre excepción, desde el comienzo, fue el destacado bioético Dan Brock: veáse su “Quality of Life Measures in Health Care and Medical Ethics,” [Medidas para la calidad de vida en cuidados de salud y ética médica] en The Quality of Life, ed. Martha C. Nussbaum y Amartya Sen (Oxford: Clarendon Press, 1993), 95-132.
[5] "Flawed Foundations: The Philosophical Critique of (a Particular Type of) Economics," [Cimientos imperfectos: la crítica filosófica de (un tipo particular de) la economía] University of Chicago Law Review 64 (fall 1997), 1197-1214.
[6] Esto también se aplica al término normativo de “Bienestar social”.
[7] Reclaiming the History of Ethics: Essays for John Rawls,[Recuperación de la historia de la ética: Ensayos para John Rawls] ed.Andrews Reath, Barbara Herman, and Christine M. Korsgaard (Cambridge:Cambridge University Press, 1997).  Entre los autores del volumen seincluyen los tres editores, así como Nancy Sherman, Joshua Cohen, ThomasPogge, Onora O’Neill, Jean Hampton, y otros.
[8] Cambridge, MA: Harvard University Press, 2009.
[9] Rawls, John. A Theory of Justice. [Una teoría de la justicia] Cambridge, MA: Harvard University Press,  1971;  Political Liberalism [Liberalismo Político] (New York: Columbia University Press, 1986).
[16] Wolff y De-Shalit, Disadvantage [Desventaja] (Oxford, New York: Oxford University Press, 2007). 
[20] Para la relación entre los dos problemas, veáse mi “Political Liberalism and Global Justice” [Liberalismo politico y justicia global], Journal of Global Ethics 2015, pp. 1-12. 
[24] Por ejemplo Matthew Adler, Well-Being and Fair Distribution: Beyond Cost-Benefit Analysis [Bienestar social y distribución justa: mas allá del análisis costo-beneficio] (New York: Oxford University Press, 2011).
[25] “Perfectionist Liberalism and Political Liberalism” [Liberalismo perfeccionista y liberalism político], Philosophy and Public Affairs 39 (2011), 3-45.
[26] Por esta razón, he insistido en incluirlo en el volumen: Capabilities, Gender, Equality: Towards Fundamental Entitlements[Capacidades, género, igualdad: hacia privilegios fundamentales], ed.Flavio Comim y Martha C. Nussbaum (Cambridge: Cambridge UniversityPress, 2014), pp. 19-56.
[27]Veáse en particular el excelente artículo de Seyla Benhabib “CulturalComplexity, Moral Interdependence, and the Global Dialogical Community”[Complejidad cultural, interdependencia moral y comunidad dialógicaglobal], en Women, Culture, and Development [Mujeres, cultura ydesarrollo], ed. Martha C. Nussbaum y Jonathan Glover (Oxford: ClarendonPress, 1995), 235-55. Doy mi versión de este argumento en mi Women and Human Development: The Capabilities Approach [Las mujeres y el desarrollo humano: El enfoque de capacidades] (Cambridge: Cambridge University Press, 2000), chapter 1. 
[28] Para el punto de vista de Harsanyi, veáse su “Morality and the Theory of Rational Behavior,” ya citado. 
[30]Veáse mi “Flawed Foundations,” y Sen “Rational Fools: A Critique of theBehavioral Foundations of Economic Theory” [Tontos racionales: Unacrítica de las fundaciones behavioristas de la teoría de la economía],  Philosophy and Public Affairs 6 (1977), 317-44, reeditado en Sen, Choice, Welfare, and Measurement  [Elección, Bienestar social y Medida] (Oxford: Blackwell, 1982).
[34] Bimal Matilal, Perception [Percepción] (Oxford: Clarendon Press, 1985).

VER FUENTE

viernes, 28 de septiembre de 2018

LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL MÉTODO EN LA ECONOMÍA

LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL MÉTODO EN LA ECONOMÍA
UN ANÁLISIS EPISTEMOLÓGICO

1. EL POSITIVISMO Y LOS EMPIRISTAS LÓGICOS

La primera mitad del siglo XX, la epistemología de la ciencia fundamentalmente estaba dominada por el positivismo lógico y los empiristas lógicos, cuya base era el empirismo clásico y la lógica simbólica. Analizaron la estructura lógica de las teorías.1
Las teorías se pueden verificar acudiendo a los hechos conocidos mediante la observación. Surgió el inductivismo, que a su vez se dividió en: inductivismo ingenuo, que afirmaba que “La ciencia comienza con la observación”. “La fuente de la verdad no es la lógica sino la experiencia” y el inductivismo probabilístico, que subrayaba la veracidad de la probabilidad de que sean correctas las predicciones individuales.2
El método inductivista del empirismo lógico dio lugar a un problema, que era el de precisar la probabilidad de una ley o teoría. Posteriormente se concibió al positivismo lógico como una forma extrema de empirismo, cuyo problema metodológico principal era el inductivismo.

2. EL FALSACIONISMO
Según Popper, el falsacionismo, admite que la observación es guiada por la teoría y la presupone. Se trata de una posición metodológica que considera a las teorías e hipótesis como científicas si sus predicciones son falsables.3 Según el falsacionismo, se puede demostrar que algunas teorías son falsas apelando a los resultados de la observación y de la experimentación. El “Falsacionismo Ingenuo”, sostiene que las teorías pueden ser refutadas por una única y decisiva contrastación. El “Falsacionimo Sofisticado”, sostiene que se requiere un gran número de contrastaciones para refutar una teoría.4
Una teoría y una hipótesis para que sean dignas de consideración científica, deben ser falsables, no obstante no deben ser falsadas. Una teoría falsada debe ser rechazada. Las confirmaciones de nuevas predicciones son muy importantes en la concepción falsacionista del desarrollo científico.
Esta postura metodológica presenta limitaciones y es que las afirmaciones del falsacionimo se ven seriamente contradichas por el hecho de que los enunciados observacionales dependen de la teoría y son falibles. Si se dan enunciados observacionales verdaderos, entonces es posible deducir de ellos lógicamente la falsedad de algunos enunciados universales, mientras que no es posible inferir a partir de ellos ningún enunciado universal. En consecuencia, es posible establecer la falsedad de las teorías, pero no la verdad.
Si algún enunciado observacional o un grupo de enunciados observacionales que desdicen alguna teoría, es posible que el enunciado observacional esté equivocado (la ciencia está llena de ejemplos de rechazo de enunciados observaciones y conservaciones de teorías con las que chocan). Las teorías no se pueden falsar de modo concluyente, porque los enunciados observacionales que sirven de base a la falsación pueden resultar falsos a la luz de posteriores progresos. No se puede falsar de manera concluyente una teoría porque no se puede excluir la posibilidad de que la responsable de una predicción errónea sea alguna parte de la compleja situación de comprobación, y no la teoría sometida a prueba.

3. LA CONCEPCIÓN RELATIVISTA DE LA CIENCIA

En 1962, el filósofo Thomás S. Kuhn, publicó “La estructura de las revoluciones científicas “, obra en la que expuso la evolución de las ciencias naturales básicas de un modo que se diferenciaba de forma sustancial de la visión más generalizada entonces. Según Kuhn, las ciencias no progresan siguiendo un proceso uniforme por la aplicación de un hipotético método científico. Se verifican, en cambio, dos fases diferentes de desarrollo científico.5
En un primer momento, hay un amplio consenso en la comunidad científica sobre cómo explotar los avances conseguidos en el pasado ante los problemas existentes, creándose así soluciones universales que Kuhn llamaba “paradigmas”. En un segundo momento, se buscan nuevas teorías y herramientas de investigación conforme las anteriores dejan de funcionar con eficacia. Si se demuestra que una teoría es superior a las existentes entonces es aceptada y se produce una “revolución científica”.
Tales rupturas revolucionarias traen consigo un cambio de conceptos científicos, problemas, soluciones y métodos, es decir, nuevos “paradigmas”. Aunque estos cambios paradigmáticos nunca son totales, hacen del desarrollo científico en esos puntos de confluencia algo discontinuo; se dice que la vieja teoría y la nueva son inconmensurables una respecto a la otra. Tal inconmensurabilidad supone que la comparación de las dos teorías es más complicada que la simple confrontación de predicciones contradictorias.
En síntesis, Kuhn que propone una nueva teoría sobre la evolución del desarrollo de la ciencia, basa la aceptación de teorías dentro del campo de la ciencia en el consenso de la comunidad científica. Analiza la ciencia en dos momentos: ciencia normal y ciencia extraordinaria. Los conceptos innovadores vertidos por Kuhn señalan:
Ciencia Normal: significa investigación basada en una o más realizaciones científicas que alguna comunidad científica particular reconoce, durante cierto tiempo, como fundamento para su práctica posterior. La Ciencia Normal está ligada al concepto de paradigma. Los paradigmas son definidos como realizaciones científicas universalmente reconocidas que temporalmente proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica. Un paradigma implica teoría, métodos, normas; y de él se derivan criterios de legitimidad de los problemas y sus soluciones.
La Ciencia Extraordinaria, que surge durante una revolución científica, es la consecuencia de una crisis en el paradigma dominante; la cual se resuelve con un cambio de paradigma, iniciándose un nuevo período de Ciencia Normal.
Para que este cambio ocurra deben darse dos condiciones: primera: una crisis del paradigma dominante que se manifiesta en su incapacidad para resolver ciertos problemas y se sintetiza en el abandono de la teoría por parte de la comunidad científica. Segunda: la existencia de una teoría competidora que resulte más exitosa en la resolución de problemas determinados. La distinción entre ciencia y no ciencia se da en la medida en que ésta puede respaldar una tradición científica normal (Véase Kuhn).

4. LOS PROGRAMAS DE INVESTIGACIÓN

Lakatos comienza por criticar el criterio de falsacionismo de Popper. Señala que tal criterio de demarcación entre ciencia y no ciencia es ingenuo pues ignora la notable tenacidad de las teorías. Lakatos, considera la teoría como una totalidad estructural, donde el estudio histórico revela que la evolución y el progreso de las diferentes ciencias muestran una estructura que no captan ni la concepción inductivista, ni la falsacionista.
Contra Kuhn dice que el concepto de revoluciones científicas es irracional. Además, esta idea borra la demarcación entre ciencia y no ciencia. Frente al tema central tratado por los autores anteriores, el progreso de la ciencia o aumento del conocimiento científico, Lakatos sostiene que el cambio no se produce como consecuencia del análisis lógico de los enunciados científicos, como lo pretende Popper, ni al cambio de un paradigma por otro, como lo afirma Kuhn. Ese cambio se produce, dice él, porque unos programas de investigación, que denomina progresivos, desplazan a otros, denominados regresivos. Los progresivos son capaces de predecir hechos nuevos, desconocidos hasta un momento dado; los regresivos, en cambio, utilizan teorías que explican hechos conocidos. En tal caso, los científicos tienden a alinearse con los primeros.
Para Imre Lakatos, un programa de investigación “consiste en una sucesión de teorías relacionadas entre sí, de manera que unas se generan partiendo de las anteriores. Estas teorías que están dentro de un programa de investigación científico comparten un núcleo firme, duro o centra”.6
Señala que los enunciados observacionales se deben formular en el lenguaje de alguna teoría. En consecuencia, los enunciados, y los conceptos que figuran en ellos, serán tan precisos e informativos como precisa e informativa se da la teoría en cuyo lenguaje se construyen. Se colige que los conceptos sacan su significado del papel que desempeñan en una teoría que debe estar coherentemente estructurada. Una teoría como estructura organizada, se ubica en un espacio histórico específico y maneja conceptos significativos en el contexto de un determinado enfoque teórico. En la concepción de Lakatos, la Historia de la Ciencias, ya no se interpreta como la acumulación de teorías ni como el abandono de éstas, sino como la competencia entre programas de investigación. Los Programas de Investigación son series de teorías que consisten en un conjunto de reglas metodológicas y tienen un núcleo fuerte que por decisión metodológica es irrefutable. Se basan en los siguientes conceptos:
- NUCLEO CENTRAL: Característica definitoria del programa.
- HEURISTICA NEGATIVA: No es posible rechazar ni modificar los supuestos básicos subyacentes al programa.
- HEURISTICA POSITIVA: Indica cómo se puede desarrollar hacia delante el Programa de Investigación.
- CINTURON PROTECTOR: Hipótesis auxiliares, que rodean al núcleo.
Las características de los programas de investigación, son las siguientes: Las observaciones se hacen siempre en virtud de una teoría, en el avance de la ciencia, son la CONFIRMACIONES y no las FALSACIONES, las importantes, en la medida que la cláusula CETERIS PARIBUS, forma parte de una teoría, se hace irrefutable. Lakatos parte del supuesto de que la elección está basada en la racionalidad de los Programas de Investigación.
Para Lakatos, el problema central de la filosofía de la ciencia es el de enunciar las condiciones UNIVERSALES, en las que una teoría es científica y pretende proponer un criterio universal para juzgar los programas de investigación en particular y el progreso científico en general.
Analizando la aplicación de los programas de investigación, se observa que en general, estos programas consisten en reglas metodológicas que les dicen a los científicos qué senderos de investigación se han de evitar, el uso de estas reglas constituye la heurística negativa y, por otro lado, qué senderos se deben seguir, heurística positiva, es decir, en este último caso, la heurística positiva dice qué problemas se han de investigar.
Sintetizando, todos los programas de investigación se caracterizan por tener un núcleo convencionalmente aceptado y que considerado irrefutable por quienes se guían por un determinado programa. La heurística negativa nos impide atacar ese núcleo. A la inversa, los científicos deben protegerlo inventando hipótesis auxiliares que forman un cinturón protector a su alrededor. Dice Lakatos a este respecto: es este cinturón protector de hipótesis auxiliares quien tiene que resistir el peso de las constrastaciones e irse ajustando y reajustando, o incluso ser sustituido por completo, para defender el núcleo que de ese modo se hace más sólido. Un programa de investigación tiene éxito si todo esto lleva a un cambio de problemas progresivos; no tiene éxito si lleva a un cambio de problemas degenerativos.
En los hechos, dice Lakatos, pocos científicos ponen mayor atención a las refutaciones que la debida. Ellos tienen una política de investigaciones a largo plazo que está definida por la heurística positiva del programa y no por las molestas anomalías. Es esa heurística la que le ha permitido formular modelos cada vez más complicados que simulan la realidad. La atención del científico se concentra en construir esos modelos siguiendo las instrucciones expuestas en la parte positiva de su programa.

5. LA ECONOMÍA COMO CIENCIA
La definición de la economía como una ciencia empírica, social y positiva, se ha visto en ocasiones cuestionada, desafiando los esfuerzos de los propios economistas a probar, incluso, el carácter científico de la economía. La economía se encuentra con la tarea de demostrar que no es así.
a) El conocimiento científico se diferencia del conocimiento ordinario en que sigue un método, un procedimiento, para explicar la realidad objeto de su estudio. La economía es una ciencia porque empleando una metodología determinada, establece leyes, describe relaciones causa-efecto, y observa las interrelaciones entre las partes de un todo. Por otra parte, como señala Tarragó (1983), supone un conjunto de conocimientos fundamentados, razonados y sistematizados.
b) Es una ciencia empírica ya que su conocimiento está basado en la experiencia del mundo real y, como tal, utiliza los métodos de la inducción y de la deducción: por vía inductiva pasa de la observación de hechos concretos a la formulación de leyes; por vía deductiva procede a la verificación de las mismas.
Por otra parte, la economía no emplea el método experimental. El científico de la economía observa los hechos, pero no es dueño de alterar su curso con el fin de estudiar los efectos que han causado estas alteraciones. Aunque gran parte de los factores sociales en los que intervienen los fenómenos económicos, pueden modificarse con medidas de carácter político, éstas no se adoptan con la única finalidad de estudiar sus consecuencias, característica fundamental del método experimental. De aquí que para la contrastación de sus hipótesis la economía debe recurrir frecuentemente al análisis histórico de los propios hechos económicos, por lo que el análisis histórico ha resultado ser un auxiliar muy valioso para la investigación económica.
Los hechos y fenómenos que explica y que predica son observables y contrastables con la realidad. La aceptación o rechazo de cualquier teoría económica se produce en virtud de la observación.
Como ciencia empírica, la economía comienza por una simple observación de los hechos y fenómenos objeto de su estudio. Después los clasifica, poniendo de manifiesto sus características comunes y prescindiendo de las particulares. Así es posible llegar a la abstracción, o sea, a la construcción de tipos (consumidor, empresa...) y -hecho esto- la economía se sirve de algunas ciencias formales (como la lógica o las matemáticas) para obtener proposiciones de validez general (leyes) con las que construir modelos, que trata de verificar posteriormente.7
c) Es una ciencia social pues el objeto de su conocimiento es la investiga ción de cierto tipo de acciones y relaciones humanas. A este proceso le sigue el de formulación de normas para la mejor determinación de las necesidades económicas.
Como ciencia social, “la economía, y aún más la economía aplicada, no es una ciencia exacta; es de hecho, o debería serlo, algo mucho más grande: una rama de la sabiduría” (Schumacher, 1988:247). Esta falta de exactitud tiene sus alicientes pues la vida, incluyendo la vida económica, “es lo suficientemente impredecible como para ser interesante... Dentro de los límites de las leyes físicas de la naturaleza, todavía somos responsables de nuestro destino individual y colectivo, para bien o para mal“(Schumacher, 1988:248). Esto no quiere decir que no se puedan hacer exploraciones hacia el futuro, y que los conocimientos de los distintos saberes (economistas, científicos, ingenieros, filósofos...) no nos puedan ayudar a esclarecer los límites dentro de los cuales, previsiblemente, se va a mover. Hay que reconocer que, con cierta frecuencia, los economistas no aciertan en sus predicciones.
d) Es una ciencia positiva, pues aplica un modo de pensar causal y relativo a lo que es, a diferencia de la Economía Normativa que se preocupa del deber ser. Ambos campos se identifican respectivamente con la Teoría Económica y la Política Económica. Tinbergen define esta última como “la variación intencional de los medios con objeto de obtener ciertos fines” (Tinbergen 1961: 9).8
Con Ricardo comienza a surgir con cierta nitidez la diferenciación entre el ser y el deber ser en la economía. Después con Mill, Senior y, sobre todo, con J.N. Keynes, arraigan fuertemente los intentos de establecer dos ámbitos distintos en el pensamiento económico. Véase Hutchinson, T.W. (1971). Siempre está presente la posibilidad de confundirlos: el mismo Friedman llega a decir que “hasta cierto punto la confusión entre Economía Positiva y Economía Normativa es inevitable” (Friedman, 1967:10). De todas maneras, el científico, a la hora de formular sus proposiciones, debe procurar no invadir anárquicamente los límites de cada uno de los campos, pues, como decía Keynes, fundir estudios sobre lo que es y lo que debería ser es probable que impida dar respuestas claves a cuestiones de ambos tipos.
Como ciencia positiva la Economía tiene por objeto esencial, en palabras de Friedman, “el desarrollo de una teo ría o hipótesis que ofrezca predicciones válidas” (Katouzian, 1982:34). Con esto queda planteado el problema de la construcción de las teorías económicas, que es una cuestión esencial, pues de los contenidos de las fases seguidas para su elaboración se obtiene, no sólo el haz doctrinal que conforma la propia economía, sino también la explicación del proceso seguido en el conoci miento científico.
e) El objeto material de la Ciencia Económica es el comportamiento de las unidades económicas, y el objeto formal -aspecto bajo el cual se estudia el objeto material- es el estudio de “ese comportamiento cuando esas unidades tienen que elegir entre fines y medios escasos y susceptibles de uso alternativo”(Tarragó 1983: 14)

6. LA ECONOMÍA: CONCEPTO Y DEFINICIÓN

No es un asunto fácil dar un concepto de economía. La palabra economía es de uso muy antiguo, deriva de los términos griegos oikos, que significa casa, y nomos, que significa regla. Por tanto oikonomia sería el gobierno de la casa, o la administración doméstica. En este sentido se emplea la palabra economía durante mucho tiempo: conjunto de reglas o normas para administrar o gobernar sobriamente la casa, la familia, y, por extensión, la comunidad. Véase Tarragó (1983).
A lo largo de los años se han dado muchas definiciones, que han ido siendo discutidas y sustituidas poco después. Tan poco éxito tenían los esfuerzos de los estudiosos por encontrar una definición adecuada que Karl Gunnar Myrdal (1898-1987) llegó a decir que eran “innecesarios e indeseables”, y sentenciaba diciendo que “el único concepto que un economista no necesita definir con precisión es el de Ciencia de la Economía”. No opinaba lo mismo Malthus que, hablando de la definición en general y de sus previsibles imprecisiones, escribió que “la falta de precisión que se le imputa [a la definición] es incomparablemente menor, en cantidad e importancia, que la falta de precisión que resultaría de rechazarla” (Malthus, T.R., 1946:31). Pero no sólo Myrdal opinaba así: Jacob Viner (1892-1970) llegó a definir la economía como “lo que hacen los economistas”; Jonh Maynard Keynes (1883-1946) afirma que “una sola definición es insuficiente para manifestar la naturaleza de la Economía”,y Joan Robinson, la señora Robinson (1904-1983), opina que “no presenta ninguna ventaja (y sí mucho error) el dar de las palabras definiciones más exactas que el tema al cual se refieren”.
A pesar de estas opiniones, vamos a adentrarnos -sin pretender abarcarlas todas- en las distintas definiciones de Economía dadas a lo largo de la historia.
En una primera etapa la economía se ligó a la riqueza, y las definiciones giraban en torno a este concepto. Así, tenemos que ya Aristóteles definió a la Economía como “la ciencia de la riqueza”. Muchos siglos después, en la segunda mitad del XVIII, en el año 1776, el propio título de la principal obra de Adam Smith (1725-1790), considerado como el padre de la ciencia económica, sigue girando en torno a la riqueza: Investigación acerca de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. En esos mismos años Jean Baptiste Say (1767-1832) define la economía como la “ciencia que estudia la riqueza y las leyes de su producción y distribución”, definición que alcanza su punto álgido con John Stuart Mill (1806-1876). En España parece ser que este concepto de economía fue introducido por el economista asturiano Álvaro Florez Estrada (1765-1853), seguidor de la escuela clásica, especialmente de David Ricardo y de John Stuart Mill. Todas estas definiciones presentan el inconveniente de la falta de precisión del término riqueza.
Poco después aparece otro conjunto de definiciones que, sin olvidar el concepto de riqueza, presenta a la economía como la ciencia que trata del bienestar material. Entre ellas destaca la de Alfred Marshall (1842-1924) que dice que la economía es “el estudio de las actividades del hombre en los actos corrientes de la vida; examina aquella parte de la acción individual y social que está más íntimamente relacionada con la consecución y uso de los requisitos materiales del bienestar... Así pues, es, por una parte, un estudio de la riqueza, y, por otra -siendo ésta la más importante-, un aspecto del estudio del hombre”,y E. Cannan (1861-1935) señala que el propósito de la Economía es “ocuparse de las causas del bienestar material o riqueza de los seres humanos considerados como individuos y en conjunto, lo mismo que en grupos”.
Pero estas definiciones dejan de lado todas las actividades que no persiguen la obtención de bienes materiales, por lo que centrar la Economía en la riqueza y en el bienestar material, nos da una visión parcial de la misma9.
Otro grupo de definiciones hace referencia al cambio y a la formación de los precios. La definición de Economía como “ciencia de los precios y de las cambios”, tuvo eco entre los teóricos de la utilidad marginal y del equilibrio general. Las motivaciones de los individuos para intercambiar bienes podían sumarse, formando el comportamiento del grupo, y agregarse los cambios para llegar a formar todas las transacciones de la comunidad; detrás de todo esto están los precios, que regulan todo el sistema hasta alcanzar el punto de equilibrio en el que utilidad y satisfacción de necesidades se optimizan. Esta concepción de la Economía la han seguido entre otros William Stanley Jevons (1835-1882), Leon Walras (1834-1910), Wifred Pareto (1848-1923), Gustav Cassel (1866-1954).
Este grupo de definiciones, al centrarse en las relaciones económicas entre individuos, en los intercambios y en los precios, excluyen del ámbito de la Economía los sistemas económicos en los que los cambios tienen poca importancia, o prevalecen razones sociales o extraeconómicas, o cuando los precios pierden gran parte de su significado (por ejemplo, en los sistemas centralizados), con lo que resulta que el orden o la organización económica influye en el propio concepto de economía. Tampoco dicen nada sobre los juicios de valor a los que la Economía necesita frecuentemente llegar.
Una corriente más moderna de definiciones no relaciona la Economía con un tipo particular de actividad económica de los hombres, sino con un aspecto que lleva consigo toda la actividad económica: el de la escasez y la elección. Fue Lionel Robbins (1898-1984), en 1932, quien introdujo esta corriente definiendo la Economía como “la ciencia que estudia la conducta humana como una relación entre fines y medios limitados que tienen diversa aplicación”.
El estudio de la conducta humana supone analizar las acciones de los hombres. Pero no toda acción humana es objeto de la economía; las acciones humanas estudiadas por la economía son las que envuelven al individuo en una serie de elecciones: elecciones entre fines que no pueden obtenerse a la vez, y elecciones entre medios escasos para conseguir los fines elegidos. En este sentido escribe Di Fenizio que “en su actividad de elección, los individuos siguen en efecto ciertos criterios, ciertas normas, dictadas por la experiencia o sugeridas por su intuición o por su razonamiento. El estudio de esos criterios, de esas uniformida des, constituye precisamente el contenido de la Economía” (Di Fenizio 1955: 94).
Samuelson define la economía, como “el estudio de la manera en que las sociedades utilizan los recursos escasos para producir mercancías valiosas y distribuirlas entre los diferentes individuos” (Samuelson y Nordhaus, 1993:5). En la misma corriente está Raimond Barre que afirma que la economía “es la ciencia de la administración de los recursos escasos. Estudia las formas que adopta el comportamiento humano dentro de las posibilidades que ofrecen tales recursos, analiza y explica las modalidades según las cuales un individuo o una sociedad debe utilizar medios limitados para la satisfacción de deseos numerosos e ilimitados” (Barre 1973: 34).
Estas definiciones basadas en los conceptos de escasez y elección, no tienen los inconvenientes de las que se centraban en la riqueza y en el bienestar material, al incluir, además de la escasez de bienes materiales como hacían estas, la escasez de tiempo y de los servicios de otras personas. Además también eluden los inconvenientes de las que se basaban en los cambios y en los precios.
Pero también tienen inconvenientes. El principal es que se basan en la hipótesis de racionalidad, que aparece de una manera implícita en todas ellas, cuando existe un cierto desacuerdo sobre el propio concepto de racionalidad humana, concepto en el que se integra la racionalidad económica o, por llamarlo de otra manera, principio económico del uso óptimo de los recursos escasos, que es precisamente la Economía10. Además, estas definiciones ignoran los problemas esenciales de adaptación de los medios a los fines, y de éstos a aquéllos en la cambiante realidad socio-económica y política del mundo en que vivimos. Pueden darse también definiciones materiales de la economía. Una de ellas es la del Instituto de Economía de La Academia de Ciencias de la URSS, que señala que “la Economía política es la ciencia del desarrollo de las relaciones sociales de producción, es decir, de las relaciones económicas entre los hombres, y esclarece las leyes que gobiernan la producción y la distribución de los bienes materiales de la sociedad humana, a lo largo de las diversas fases de su desarrollo”. Como vemos, además de su enfoque histórico, se pone el énfasis en el aspecto social de la producción. No es el aspecto técnico de la producción (la mecánica, la física, la química...) el que constituye el objeto de estudio de la Economía, sino las relaciones sociales de producción, o relaciones económicas entre los hombres, en su interdependencia con las fuerzas productivas, siendo estas últimas el conjunto de medios de producción más el grado de cualificación y el nivel de experiencia de los hombres que se sirven de ellas. Las fuerzas productivas son el aspecto técnico del modo de producción y constituyen el componente más dinámico del mismo, mientras que las relaciones sociales de producción, en palabras de Marx, “forman la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que correspon den determinadas formas de conciencia social”. Otro elemento de esta definición son las leyes que gobiernan las relaciones sociales de producción y distribución de los bienes materiales, que expresan el nexo causal que rige dichas relaciones de modo necesario, permanente y objetivo, independientemente de la voluntad de los hombres.
Como vemos, no existe una definición última de la Economía. Todas las apuntadas son útiles para describir algún aspecto del problema, pero ninguna es perfecta. La economía no puede librarse del hecho de ser una ciencia empírica y social, y no puede haber una comprensión total y plena, ni una definición adecuada de la misma, hasta que los aspectos económicos de las relaciones humanas no sean analizados de conformidad al proceso social individual y global de toma de decisiones (políticas, económicas y sociales) de la que son parte integral. En este sentido, Myrdal definió que “el cometido de la Ciencia Económica consiste en observar y describir la realidad social empírica, y en analizar y explicar relaciones causales entre hechos económicos”; o como también decía J. N. Keynes, “la Economía es la ciencia que trata de los fenómenos que surgen de la actividad de la humanidad en su vida social”. Y a lo máximo a lo que puede aspirar es, según Lipsey, a “reducir el porcentaje de incertidumbre que existe en problemas que nos conciernen; pero nunca podrá reducir esta incertidumbre a cero” (Lipsey, 1970:29).

7. LA METODOLOGÍA DE LA ECONOMÍA
7.1. Pre-historia de la metodología de la economía (hasta el siglo XIX) La metodología de la economía se inicia formalmente con las manifestaciones escolásticas: siglos XI al XV (Santo Tomás de Aquino), continúa con el Mercantilismo: siglos XVI al XVIII (Colbert, Mun, Becher), que tradujo un enfoque proteccionista de comprensión de la economía. Luego está la Fisiocracia: siglo XVIII (Quesnay), que tradujo un esquema liberal de interpretación de la economía. Metodológicamente, se indica que se trató de un conjunto de aportes que no llegaron a conformar un cuerpo teórico de análisis.11
Se coloca el ejemplo de 1796, del libro “La riqueza de las naciones”, de la Escuela Clásica, cuyo autor es el liberal Adam Smith. Metodológicamente Smith empleó razonamientos diferentes en su obra: Libros I. y II. método de estática comparativa, los Libros III. IV. y V. utilizó el método inductivo. Otro ejemplos se dan en 1798, en el libro “Ensayo sobre la población”de Thomas Malthus y en la obra de 1817, “Principios de Economía Política” de David Ricardo, que utilizaron el método hipotético-deductivo.
El método hipotético-deductivo, postula que las investigaciones científicas se inician a partir de una observación de los hechos, libre y carente de prejuicios; siguen con la formulación de leyes universales acerca de esos hechos por inferencia inductiva, y finalmente llegan, de nuevo por medio de la inducción, a afirmaciones de generalidad aún mayor, conocidas como teorías. La característica de este método es que emplea las reglas de inferencia lógica, al igual que la deducción.
Se tuvo que esperar hasta el siglo XVII para asistir al comienzo de las reflexiones sistemáticas encaminadas a explicar y explicarse la metodología de la economía, si bien no es posible despreciar el pasado antiguo y medieval. Las reflexiones concretas de griegos y romanos, y, dentro ya de la Edad Media, las reflexiones, sobre todo, del pensamiento escolástico, contribuyeron a que lentamente vaya formándose un corpusde doctrina que sirve para referencias ulteriores. Tampoco se pueden dejar de lado las experiencias, tanto de orden intelectual como práctico, del mercantilismo. Véase Estapé (1990). Todos estos precursores se las ingeniaron para tocar “casi todos los aspectos de la problemática económica y todos los conceptos de la teoría económica que han ocupado a economistas de distintas generaciones hasta ahora... Sin embargo, no era equivalente a la construcción de un sistema de pensamiento económi co” (Katouzian 1982: 27). Los autores preclásicos no lograron nunca superar una visión parcial del funcionamiento del sistema económico. Fueron los fisiócratas, en opinión de Schumpeter, los primeros en considerar el sistema económico como un todo, tomando conciencia del carácter interdependiente de todos sus componentes. Esto constituyó un logro, pues “la idea de interdependencia general es, precisamente, lo que la ciencia está capacitada para añadir a los conocimientos del hombre práctico con espíritu claro y bien informado“ (Schumpeter, 1967:54). De todas formas, al que con más generalidad se le atribuye el haber conseguido el sistema es a Adam Smith (1723-1790): “el haber conseguido esto fue lo que (le) distinguió” (Katouzian 1982: 28).
En su libro La Investigación sobre la Naturaleza y las Causas de la Riqueza de las Naciones, aparecido en 1776, “por primera vez, los problemas del valor, la distribución, el progreso económico, el comercio internacional, las finanzas públicas y la política económica se discutieron y analizaron dentro de un cuerpo de pensamiento interdependiente y sistemático” (Katouzian, 1982:29). Se ha dicho de Smith que su obra no es un ejemplo de originalidad e innovación, estando su mérito más en la “coordinación de ideas preexistentes que en la creación de otras nuevas” (Martínez 1983: 52). Esto permitió a la economía política clásica integrar antiguas intuiciones en un cuerpo doctrinal coherente y con aproximación científica.
Al amparo de Newton, el orden económico quiso ser explicado como algo análogo al universo físico, esto es, sometido a unas leyes de comportamiento que, aunque no estén controladas por los hombres, podrían y deberían ser conocidas por ellos. De aquí, que el crecimiento a largo plazo de la economía constituyera su preocupación central, y que el mercado de competencia cumpliera el papel de mecanismo natural de regulación, que bajo ninguna circunstancia debía ser intervenido exógenamente.
El núcleo ideológico de la economía clásica está compuesto por los trabajos de Smith, y el primer grupo de clásicos aparece dominado por el mismo Smith y por David Ricardo (1772-1823). Sobre el material de la obra de Smith, Ricardo -que ha sido denominado como “teórico por excelencia”construye un sistema analítico riguroso; “inauguró un procedimiento de análisis de los problemas económicos, consistente en la adopción de unas cuantas hipótesis, frecuentemente o siempre, alejadas de la realidad, y sobre las mismas aplicó el método analítico deductivo: las conclusiones, casi nunca fueron sometidas a la prueba de fuego que supone la contrastación empírica” (Estapé 1990: 48). En este mismo sentido, apunta Katouzian, “la participación de Ricardo en el desarrollo del método de análisis puramente especulativo fue con mucho la mayor. Incluso puede sostenerse que... fue la más grande contribución personal a la historia del pensamiento económico. Fue el fundador de la teoría económica pura como un ejercicio de lógica pura casi autónomo” (Katouzian 1982: 42). Ricardo fue capaz de llevar a plenitud la mayor parte del cuerpo doctrinal que, pasado el tiempo, recibiría el nombre de economía clásica.
 En un segundo grupo destacan Thomas Robert Malthus (1766-1834), Jean Baptiste Say (1767-1832), James Mill (1773-1846), Nassau Senior (1790-1864), Robert Torrens (1780-1864), John Ramsay McCulloch (17891864) y John Stuart Mill (1806-1873)12.
Los pensadores clásicos revolucionaron el método científico. “La teoría de Malthus de la población constituyó el primer paso decisivo en esa dirección... presentó un modelo... que desafiaba la refutación empírica... Aquello que era cierto en esa teoría no era nuevo, y aquello que era nuevo no podía mostrarse que era falso” (Katouzian, 1982:41). No podía mostrarse en aquella época, aunque tampoco podía negarse que era una teoría cargada de pesimismo y de falta de confianza en el hombre13. De hecho, en esos mismos años se estaban poniendo los pilares de la revolución industrial, que poco después mostró la falsedad de “lo nuevo”de la teoría de Malthus.
El pensamiento marxista ocupa un lugar en la historia del pensamiento económico que debe ser considerado como una derivación del pensamiento clásico, y más concretamente de la obra ricardiana. Schumpeter piensa que “hay que considerar a Marx como un economista “clásico” y más precisamente como miembro del grupo ricardiano”, señalando al respecto que “Marx aprendió de Ricardo lo que sabía de teoría... Sin duda ha alterado esas formas y ha llegado finalmente a conclusiones muy diferentes. Pero siempre lo ha hecho partiendo de Ricardo y criticándolo: el método de Marx en el trabajo puramente teórico es la crítica de Ricardo” (Schumpeter, 1994:445).
El programa marxista surge por tanto de la economía ricardiana apoyada en una lectura dialéctica. Para Marx (1818-1883) las relaciones sociales van a ser determinadas y determinantes de las categorías económicas. En ellas se asienta la estructura económica, y se desprende el precio, el beneficio, la plusvalía y el valor, en cuyo origen queda localizado el trabajo.14
Los autores clásicos habían insistido en los costos descuidando la demanda, y alrededor de 1870 independientemente, pero de forma casi simultanea en el tiempo, William Stanley Jevons (1835-1882), Carl Menger (1840-1921) y Leon Walras (1834-1910) ponen los cimientos de la economía moderna con un análisis que podía sintetizar tanto los elementos de la demanda como los del coste; incorporan y acumulan el concepto de utilidad a la ciencia económica15.“El elemento clave de la revolución neoclásica fue la comprensión de que las preferencias de los consumidores entraban en la demanda de mercancías... la demanda depende de la utilidad marginal, y de ese modo completaron el eslabón que faltaba para elaborar una teoría completa del mecanismo de mercado” (Samuelson y Nordhaus, 1990:960). El triunfo del programa marginalista se relaciona con la existencia de condiciones objetivas en el campo de la realidad económica y del pensamiento científico que lo posibilita; en concreto, el reconocimiento de la decadencia del pensamiento clásico. Los marginalistas restauran en el discurso económico una atmósfera de optimismo que, con pocas excepciones, había desaparecido desde los tiempos de Malthus, y que había hecho exclamar a Thomas Carlyle (1795-1881) que la Economía es la “ciencia de la desesperación”.
El enfoque analítico de la economía marginalista supone una radical inversión de los postulados clásicos. El principio ordenador de su estructura económica es el ordenamiento del mercado en períodos de tiempo rigurosamente delimitado. Del estudio de la oferta se pasó al de la demanda, y del análisis de los costos al de la utilidad. De esta manera se da prioridad al planteamiento subjetivo que parte de la filosofía utilitarista. Ya Bentham (1748-1832) había aceptado el carácter mensurable de las sensaciones de placer y de pena, y ahora los neoclásicos -y muy especialmente Jevonstratarían de que su rigurosa expresión matemática sirviera de asiento de las proposiciones económicas.16
De todo lo anterior, se deriva una proposición fundamental del pensamiento económico neoclásico: el mercado era un mecanismo perfecto, y las desviaciones del mismo debían ser tratadas, por lo tanto, como fricciones que desaparecerían con el tiempo, salvo que hubiesen sido provocadas por una estructura institucional deficiente. El pleno empleo era un supuesto inicial de la doctrina neoclásica; se pensaba que el desempleo se originaba en un desequilibrio en el mercado del trabajo, y que el eventual exceso de oferta del factor trabajo, se corregiría con un reajuste en su precio, es decir, mediante una disminución en los salarios.
La concepción predominante de la filosofía utilitarista, representada por Jevons y Bentham, fue pronto criticada dentro del mismo programa marginalista. La crítica no hacía referencia al punto central del utilitarismo, que fundamentaba la concepción hedonista en el concepto de utilidad, sino que hacía referencia a la imposibilidad de medir ésta. Así, la concepción cardinal de la utilidad fue sustituida por una con cepción ordinal, en la que destacan dos instrumentos: las curvas de indiferencia, creadas por Francis Ysidro Edgeworth (1845-1926), y la función índice de utilidad de Wilfred Pareto (1848-1923).
Las modificaciones que se producen en el contenido de la ciencia económica lleva aparejado un cambio en su conceptualización. Se pasa de la ciencia de la maximización de las satisfacciones (Jevons), a la ciencia que estudia los actos de cambio (Alfred Amonn y Ludwig Von Mises (1881-1965)), para pasar posteriormente a la ciencia de los precios (Gustav Cassel (18661944)).
Los economistas neoclásicos se dividieron en dos grandes escuelas, claramente diferenciadas por el modo de enfocar los problemas y su grado de realismo: la Escuela Walrasiana, que puso el acento, sobre todo, en el equilibrio general, y la Escuela Marshalianal; debida a Alfred Marshall (18421924), que utilizaba un enfoque más parcial y fragmentado, que combinaba el marginalismo (especulativo) y el análisis (empírico) de la oferta y la demanda.
Marshall presenta al marginalismo como una continuación del pensamiento económico clásico, sosteniendo que sus fundamentos estaban ya implícitos en esta escuela. Con Marshall desaparece de la economía el concepto de ley natural (la mano invisible de Smith), y defiende que no hay nada radicalmente inexorable en las leyes que gobiernan la economía. Considera que es necesario olvidarse de la marcha del proceso económico global, y hay que centrarse en el estudio de las pequeñas e innumerables variaciones que constituyen los elementos fundamentales de la actividad económica. Consciente de la multitud de interrelaciones que existen en ella, trató de diseñar un modelo analítico, el equilibrio parcial, cuya finalidad es aislar un determinado elemento económico recurriendo a la suposición de que todo lo restante permanece invariable (condición ceteris paribus) (Véase Martínez 1983:148).
Walras, que ocupó la cátedra de economía de Lausana, tenía la convicción de que el conocimiento económico debía expresarse con el mismo rigor de una ciencia exacta, para ello se propuso elaborar una teoría económica que estuviera purificada del todo en referencia a situaciones concretas, de manera que sus resultados y conclusiones tuviesen validez universal. A Walras no le interesa la pequeña descripción de una variación económica localizada, le interesan las causas y motivaciones. Por ello no puede prescindir del restante universo económico, ni considerarlo como constante. Estudia el sistema económico como una realidad orgánica e indivisible. El resultado del esfuerzo es el establecimiento del llamado equilibrio general. Pareto sucedió a Walras en la cátedra de Lausana y continuó y perfeccionó su teoría, introduciendo valiosas aportaciones personales (Martínez, 1983:182-183).
Se observa que los grandes momentos de la creación teórica, que hemos ido viendo en las páginas anteriores, se corresponden con los presupuestos metodológicos fundamen tales en los que debe basarse la construcción de la economía como ciencia: establecimiento de los supuestos, aplicación de las técnicas de conocimiento que hagan posible la induccióndeducción y contrastación. Los primeros pasos dados por la investigación económica en su vertiente metodológica se caracterizaban por estar reducidos a una serie de ejercicios deductivos.17
Surge así el apriorismo, que se sustenta en la lógica como regla de validación crítica. Las teorías son verdaderas, y aceptadas científicamente, cuando son consistentes lógicamente; en caso contrario, son rechazadas. El apriorismo suele ligarse con frecuencia a Senior (1790-1864), aunque su consolidación llega más tarde de la mano de Von Mises (1881-1973) y Robbins (1898-1984).
En el apriorismo el conocimiento deductivo es la vía válida para la construcción. La experiencia y la observación no pueden servir de base suficiente para explicar las relaciones entre las diversas variables, porque existen unos prerrequisitos últimos y no analizables para cualquier experiencia. Se da por supuesto que las acciones llevadas a cabo por los hombres en cuánto seres racionales, no pueden ser consideradas como dictadas al azar, sino que son acciones derivadas de los principios generales que se aplican lógica y coherentemente a casos particulares. El comportamiento humano, a diferencia de las ciencias de la naturaleza, no se debe a la casualidad, sino que se caracteriza por estar orientado a la consecución de unos objetivos determinados y específicos.
Según Blaug (1980:75), los grandes metodólogos del siglo XIX eran verificacio nistas: utilizaban una metodología defensiva, que pretendía dar una seguridad a la joven ciencia económica, frente a lo ataques procedentes de otras ciencias. Esta posición fue cuestionada por el marxismo y por los historicistas alemanes.

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NOTAS

1. Se denomina Positivismo Lógico a un conjunto de corrientes filosóficas, con ciertos rasgos comunes, que tuvieron su origen fundamentalmente en Viena, 1925. El Empirismo lógico es una corriente de la filosofía burguesa contemporánea; es la continuación directa del positivismo lógico de fines de los años veinte y comienzos de los años treinta del siglo XX. Los representantes principales del empirismo lógico son Carnap, Reichenbach, Feigl, Hempel, Bergmann y Frank.
2. Los positivistas Lógicos del Círculo de Viena utilizaban el método inductivo cuyos postulados fundamentales son: la investigación científica comienza con la observación parcial o experiencia personal. Las observaciones son formuladas mediante hipótesis primarias o enunciados singulares, totalmente libres de prejuicios mentales, que luego derivan en enunciados universales. Mediante el procedimiento se llega a la elaboración de teorías generales que se someten a contrastación por medio de un método adecuado de observación o experimentación para verificar sus implicaciones. Si la contrastación tiene éxito se acepta la teoría; de otro modo se rechaza.
3. Karl Popper desarrolló este principio en La lógica de la investigación científica (1934), donde estableció también un criterio para deslindar claramente la ciencia de los demás discursos: para que una hipótesis sea científica es necesario que se desprendan de ella enunciados observables y, por tanto, falsables, de modo que si éstos no se verifican, la hipótesis pueda ser refutada.
4. Popper era un filósofo de la ciencia muy relacionado con el Círculo de Viena, pero que nunca se confirmó positivista. Sin embargo, su filosofía estuvo muy cercana a la del Círculo. Su respuesta al problema de la inducción es que la ciencia no avanza confirmando teorías observacionalmente, sino demostrando que contradicen la experiencia. Esto es la falsación. Según este criterio, una teoría/ley científica sería inválida si puede ser falsada, es decir, si puede probarse que no nos informa correctamente sobre lo que la experiencia empírica nos dice.
5. Para Kuhn, la ciencia es el resultado de un proceso sucesivo y en constante evolución, dentro del cual, se ubican fenómenos, a los que este filósofo denominó como: paradigmas, comunidad científica, crisis, inconmensurabilidad, revolución científica, a los que se enfrentan los científicos, en su trabajo de resolución de los enigmas, que plantea la naturaleza de la ciencia, para llegar, cada vez más cerca a la verdad.
6. Imre Lakatos ofreció una imagen de las teorías como estructuras organizadas en su “Methodology of scientific research programmes” (1975). Lakatos desarrolló su idea de la ciencia en un intento por mejorar el falsacionismo popperiano y hacer frente a las objeciones hechas contra tal escuela filosófica. Un programa de investigación lakatosiano es una estructura que- sirve de –guía y por tanto condiciona la futura investigación, tanto en sus aspectos positivos como negativos. Lakatos propuso que la evaluación y análisis de las teorías científicas debería incluir tanto su descripción, como una serie de ellas que tiene en cuenta sus predicciones, así como las evidencias en pro de su corroboración o falsación.
7. El modelo describe el funcionamiento de un sistema económico por medio de una serie de ecuaciones simultáneas, que expresan las relaciones que existen entre magnitudes económicas mensurables consideradas significativas para el funcionamiento del sistema. Es un conjunto coordinado de proposiciones empíricas y de hipótesis, ligadas unas a otras según las reglas de la lógica o de las matemáticas, apto para inferir nuevas proposiciones.
8. Durante muchos años el sustantivo “Economía” fue inseparable del adjetivo “Política”, siendo preciso esperar hasta 1870, año en el que Marshall publica Principios de Economía, para ver que se prescinde del adjetivo político, cosa que permite desligar a la ciencia, que debe significar conocimiento válido en cualquier tiempo y lugar, de los cambios y modificaciones que suele llevar consigo todo lo político. Véase Tarragó (1983).
9. Seligman, en la Enciclopedia de Ciencias Sociales, dice que “la Economía trata del fenómeno social centrado en la provisión de las necesidades materiales de los individuos y de los grupos organizados”. También Charles Gide dice que la Economía “tiene por objeto, entre las relaciones de los hombres que viven en sociedad, sólo aquellas que tienden a la satisfacción de las necesidades materiales, todo en fin lo que concierne a su bienestar” (Gide, C. (1932:11).
10.Según Tarragó, los individuos eligen siguiendo un criterio racional cuando buscan obtener el máximo de satisfacción o beneficio con el mínimo de esfuerzo (Tarragó, F. (1983:13).
11.Se señala que los mercantilistas aplicaron el método empírico-realista. La economía política se reducía exclusivamente a un arte empírico, una lista de fórmulas prácticas para los gobernantes en defensa de los intereses nacionales contra otros intereses nacionales. No formularon leyes que expliquen el comportamiento económico y posteriormente lo controlen, sino sugerencias y normas de conducta. Se indica que el método de los fisiócratas oscila entre lo inductivo y lo deductivo, puesto que si bien no descuidan el planteamiento teórico basado en una concepción natural de la vida económica, su principal preocupación era de economía práctica. Se da entonces una unión de postulados filosóficos y de cuestiones prácticas. Lograron consolidar leyes, de manera muy limitada y concebían las mismas en base a abstracciones a partir de fenómenos de la vida cotidiana y utilizaban razonamientos deductivos en sus argumentaciones teóricas. De los clásicos, se dice que desde el punto de vista de la metodología aplicada, no se dio un método común, pero que en todos, se da la característica del predominio del método abstracto y deductivo heredado del racionalismo, donde formularon un cuerpo de leyes y principios, sin preocuparse de su contrastación con la realidad. Si bien entre los clásicos se cuentan a Smith, Ricardo, Malthus y Stuart Mill, desde el punto de vista metodológico, también es posible incluir la visión y los trabajos de Marx.
12.James Mill y McCulloch formaron, junto con Ricardo, el núcleo de la escuela ricardiana, perteneciendo también a esta escuela Eduard West (1782-1828) y Thomas De Quincey (1785-1859). Véase Schumpeter, J.A. (1994:529).
13.Los escritos pesimistas de Malthus y Ricardo contribuyeron de manera decisiva a que se comenzara a llamar a la Economía la “ciencia triste”.
14.El análisis de Marx, al basarse en un planteamiento materialista, presupone la existencia objetiva de un mundo real del que el hombre forma parte, siendo el objeto de la investigación el estudio de los procesos objetivos. Las leyes que se descubren no son más que el reflejo de los procesos objetivos que se desarrollan independientemente de la voluntad del individuo. Las leyes que Marx intentó descubrir no eran ni universales ni permanentes en el tiempo, sino únicas para estudios particulares de la historia.
15.Entre los precursores de la escuela marginalista destacan Agustin Cournot (1801-1877), conocido sobre todo por sus estudios sobre curvas de oferta y demanda, y Herman Gossen (1810-1858), que fue uno de los primeros en ocuparse de la utilidad marginal.
16.La Economía quedaba constreñida a un marco concreto. En palabras de Jevons “el placer y el esfuerzo son indudablemente el último objetivo del Cálculo Económico. Satisfacer el máximo de nuestras necesidades con el mínimo de esfuerzo... en otros términos, lograr el máximo placer, tal es el problema de la Economía” (Jevons, 1909:185). La realidad, por lo tanto, era un dato fáctico, y pasaba a primer plano el análisis de la actividad cuyo fin es la obtención del máximo placer individual.
17.La asunción de la filosofía kantiana, en boga a fines del siglo XVIII que es cuando nace la economía como ciencia, se materializó en el análisis económico que estudia el sistema en su totalidad, la búsqueda de las leyes económicas que lo regulan y el análisis de la sociedad económica. Los desarrollos económicos de la época van ligados, en buena medida, al intento de trasplantar al mundo científico, en general, y al económico, en particular, el orden permanente que la física newtoniana había descrito para el mundo natural, tomándose como base y argumento para la defensa del orden natural la condena

martes, 14 de agosto de 2018

LA ESTRUCTURA LÓGICA DE LA TEORÍA GENERAL DE KEYNES

LA ESTRUCTURA LÓGICA DE LA TEORÍA GENERAL DE KEYNES

Carlo Benetti*

* Universidad París X - Nanterre El autor agradece a Jean Cartelier, Ghislain Deleplace, Michel De Vroey y Amaine Rebeyrol por sus valiosos comentarios. Este ensayo se publicó originalmente en Cahiers d' économie politique 30-31. Traducción de José Félix Cataño con autorización del autor y de los editores.

Resumen
El objetivo de este artículo es la construcción de la teoría de Keynes, concebida como una estructura compuesta por tres modelos generales y de base que se deducen unos de otros. Se muestra que la ley de Say, a la que se opone Keynes, se puede formalizar por medio de un modelo "recursivo por la oferta". La crítica de Keynes conduce a un modelo diferente: "uno no walrasiano y de interdependencia general" que no admite la critica del ajuste al equilibrio de pleno empleo. Es un modelo de referencia a partir del cual, en una tercera etapa, se obtiene el modelo keynesiano propiamente dicho, que admite al menos un equilibrio con desempleo involuntario en condiciones de flexibilidad de salarios y de precios. Este estudio muestra tanto la coherencia de la construcción de la teoría de Keynes como los limites de su "herejía" teórica.

Abstract
In this paper we study the construetion of Keynes' theory, conceived as a structure composed by three general and basic models, which are deduced ones from the others. We show that Say's law as criticized by Keynes can be formalized by means of a "recursive supply" modelo Keynes' criticism leads to a different model, a "non -wal rasian and general interdepedence" one, which does not allow to criticize the adjustement to a full employment equilibrium. lt is used by Keynes as a basic model from which, in a third stage, he obtains the keynesian model, defined as the model which admits at Ieast one involuntary unemployment equilibrium with flexibility of wages and priees. We conclude that the construction of Keynes' theory is logically coherent and we show the limitations of his theoretical "heresy".

INTRODUCCIÓN

1. El objeto de este artículo es la construcción de la teoría de Keynes, considerada como una estructura compuesta por modelos diferentes, generales y de base, que se deducen unos de otros. Este método, que llamaremos 'lógico', es compatible con nuestro principal objetivo: la comprensión de una teoria tan singular como la "herejía" keynesiana [1934, 489]. Los resultados de los enfoques históricos, que tratan cuestiones de génesis y del método analítico no son satisfactorios. El amplio debate generado por la teoría de Keynes ha hecho creer que esta teoría ha alcanzado una formulación coherente y que se tiene bien identificado el alcance de las diferentes hipótesis utilizadas. Sin embargo, no está de más revisar de tal estructura analítica, ya que si encontramos alguna incoherencia podríamos mejorar el modelo, aun sin lograr grandes avances en comprensión.

El mismo Keynes aporta una justificación: "La economía es una ciencia que piensa en términos de modelos, y es el arte de escoger los modelos relevantes en el mundo contemporáneo" [1938, 296). La segunda parte de esta definición se refiere a la teoría dominante cuya crítica es el punto de partida obligado de todo enfoque que pretenda ser heterodoxo.

Para Keynes la debilidad de la teoría neoclásica no está en su consistencia lógica, sino en "la falta de claridad y de generalidad de sus premisas" [1936, p. XXl, traducción corregida].
El resto se deduce.
Al cambiar ciertas hipótesis del modelo neoclásico configuramos un modelo diferente pero que no permite la critica del ajuste al equilibrio de pleno empleo.Este último cumple el papel de modelo de referencia a partir del cual, en una tercera etapa, se consigue un modelo keynesiano propiamente dicho. Así que la comprensión de la teoría de Keynes requiere responder estas preguntas:

i) ¿Cuál es el modelo de referencia al que se opone?
ii) ¿Cuál es el modelo de referencia adoptado por Keynes?
iii) ¿Cuál es el modelo keynesiano, el deducido del modelo de referencia, que concluye en la posibilidad de equilibrios con desempleo in voluntario en una economía con precios y salarios flexibles?

Al menos en parte, estas son las mismas preguntas que formula Hícks en el artículo de 1937 y que resuelve con los tres modelos que exponemos en el Anexo 1.

2. La dificultad de hacer un estudio de la teoría keynesiana desde el punto de vista lógico -que es una de las mayores justificaciones- es que Keynes no presenta de forma explícita ni el modelo de referencia de la teoría a la que se opone, ni la teoría que propone. Sin embargo provee todos los elementos que se necesitan para deducirlos. El resultado muestra la consistencia del enfoque de Keynes y los límites de su "herejía" teórica.1

Con este método no examinamos los aspectos especificas de la teoría de Keynes -de sus contribuciones más importantes– sino que nos dedicamos al estudio lógico de la teoría en conjunto para definir un marco de referencia que permita realizar análisis particulares.

En suma, las principales etapas del método que seguimos comienza con la exposición y la crítica de la ley de Say y de los dos postulados fundamentales de la economía clásica' para avanzar en la búsqueda de los dos modelos de referencia, el neoclásico y el keynesiano. De aquí se puede deducir el modelo de referencia que Keynes asigna a la teoría dominante (el modelo de la ley de Sayo recursivo por la oferta) y el modelo de referencia que él adopta (el modelo no walrasiano de interdependencia general),espectivamente. Sobre esta base se de arrolla la teoría de la demanda global. Al contrario de cierta tradición, no se llega a un modelo recursivo por la demanda sino a modelos originales de interdependencia que admiten equilibrios con desempleo involuntario. Posteriormente presentamos la noción de equilibrio keynesiano. La respuesta a las tres preguntas planteadas en la sección anterior es la siguiente: que la teoría de Keynes se construye en oposición a un modelo recursivo por la oferta, y el resultado es un modelo no walrasiano de interdependencia general, a partir del cual se derivan los modelos keynesianos de determinación del equilibrio con desempleo involuntario. En la última sección sacamos algunas conclusiones generales. En los dos Anexos presentamos una discusión de la interpretación de Hicks y de algunas afirmaciones usuales que consideramos inexactas.

Como se podrá notar, nuestro objeto no es el pensamiento o "la economía de Keynes" propiamente dicha [Cartelier 1995] sino la parte que se expone en la Teoría General y que identificaremos, con un poco de abuso, como la teoría de Keynes,

LA REFERENCIA DE LA TEORÍA CLÁSICA: MODELO RECURSIVO POR LA OFERTA O LEY DE SAY

3. Keynes no presenta de manera explicita la teoría neoclásica, aunque la identifica claramente de acuerdo a us características principales pues él mismo afirmó "según mi leal saber y entender" [1936, 18]. Se trata de la teoría que cumple la ley de Say, y que reposa sobre dos postulados fundamentales acerca del mercado de trabajo. Como lo veremos se trata de las dos caras de la misma moneda ya que cada propiedad implica la otra.
En los siguientes pasajes Keynes presenta su interpretación de la ley de Say:
Que la oferta crea su propia demanda en el sentido de que el precio de la demanda global es igual al precio de la oferta global para cualquier nivel de producción y de ocupación [1936, 31], Y en la teoría clásica, de acuerdo con la cual [la demanda global es igual a la oferta global] para todos los valores de N, la cantidad de ocupación está en equilibrio neutral en todos los casos en que sea inferior al máximo, de manera que puede esperarse que la fuerza de la competencia entre los empresarios lo eleve hasta dicho valor máximo. Sólo en este punto, según la teoría clásica, puede existir equilibrio estable [1936,37].
El punto central es que la idea de que "la oferta crea su propia demanda" no tiene sentido en el modelo macroeconómico con mercados interdependientes, donde la oferta crea la demanda, y la demanda crea la oferta. Esa propiedad sólo se verifica en un modelo macro económico donde la oferta global pueda determinarse de manera independiente y previa a la demanda global. El equilibrio general se obtiene por medio de la adaptación de esta última a la oferta global predeterminada. Para construir ese modelo se parte de un modelo macroeconómico de interdependencia, se sustraen las ecuaciones de la oferta global de la interdependencia general, y la oferta y la demanda de trabajo deben depender únicamente del salario real. Las ecuaciones del mercado de trabajo y la función producción forman un subsistema que puede aislar del resto pues la solución es independiente de los otros parámetros y de las otras ecuaciones a las que ella se impone. Lo llamamos el "subsistema de la oferta global". Para resolver el sistema completo hay que ir por partes de manera secuencial. Primero, el sub ist ma de la oferta determina el salario real, el empleo y la oferta de equilibrio. En segundo lugar estos valores se introducen en el subsistema compuesto de las ecuaciones de la demanda global–el subsistema de la demanda– cuya única función es determinar las otras variables de manera que la demanda global sea igual a la oferta global predeterminada.

Llamaremos "recursivo por la oferta" al modelo de referencia de la teoría a la cual se opone Keynes. Este modelo es la formalización de la ley de Say en el entendido keynesiano.2

i) na característica importante del modelo de la ley de Say es que es un modelo general, una representación de la economía en conjunto cuyo resultado esencial se consigue por medio de un análisis de "equilibrio parcial" limitado al mercado de trabajo. La condición de este tipo d análisis no es el hecho de que las variables relativas a los otros mercados estén fijas sino el hecho de la recursividad por la oferta, en virtud de la cual estas variables se ajustan automáticamente a la solución parcial del subsistema de la oferta.
ii) El enunciado de que "la oferta crea su propia demanda cualquiera que sea el nivel de empleo" no es inteligible sino en el modelo recursivo por la oferta donde, contrariamente a los modelos de interdependencia, todo nivel de producción determinado por el subsistema de la oferta se impone al subsistema de la demanda. Así, la demanda global no puede ser diferente de la oferta global.
iii) En un modelo recursivo por la oferta la única causa del desempleo involuntario es la ausencia de ajuste del salario real.Es esa precisamente la teoría de Pigou que Keynes presenta y crítica en el Anexo del capítulo 19 de la Teoría General. "El profesor Pigou concluye que la desocupación se debe primordialmente a una política de salarios que no se ajusta lo bastante por sí misma a los cambios en la función de demanda real de mano de obra" [1936, 246].
iv) A menudo la ley de Say se identifica con el reflujo a las empresas de la integridad del ingreso que ellas ya han distribuido.

De ahí procede la crítica basada en la posesión de saldos en dinero, formulado por Marx y retomada por Keynes cuando este último afirma que "un acto de ahorro individual significa -por decirlo así- el propósito de no comer hoy, pero no supone la necesidad de tomar una decisión de comer o comprar un par de botas dentro de una semana o de un año o de consumir cualquier cosa concreta en fecha alguna determinada. [La situación sería diferente] si el ahorro consistiera no sólo en abstenerse de consumir en el presente, sino en situar simultáneamente una orden específica de consumo posterior" [1936,188].3 Este argumento es ambiguo. En cuanto a los flujos el enunciado "la oferta crea la demanda" no puede criticarse válidamente haciendo intervenir un acervo.

En segundo lugar, la condición de reflujo es demasiado general porque pertenece al concepto de equilibrio, cualquiera que sea el modelo usado, y sea recursivo por la oferta (la oferta de equilibrio crea su demanda) o ya sea de interdependencia (la oferta y la demanda de equilibrio se determinan simultáneamente). Si la recursividad por la oferta implica el reflujo en el sentido mencionado antes, la proposición inversa no es cierta: la ley de Say es la condición suficiente del reflujo, pero no es condición necesaria a la inversa: el reflujo es condición necesaria pero no suficiente de la ley de Say.

4. El resultad es exactamente el mismo que se obtiene si partimos de la teoría neoclásica del empleo. Keynes notaba que "la teoría fundamental [acerca de las fluctuaciones de empleo] en que descansa […] se ha creído tan sencilla y evidente que no habría caso para mencionarla". Ella descansa en dos postulados fundamentales: el salario es igual al producto marginal del trabajo, y la utilidad del salario, cuándo en un a d terminado volumen de trabajo, es igual a la desutilidad marginal de ese mismo volwnen de ocupación [1936, 17].4
En un sistema de interdependencia donde ningún subconjunto de mercado e privilegia en detrimento de otros, estas dos condiciones no erían 'fundamentales' o no más importantes que las condiciones de las funciones de oferta y de demanda de las otras mercancías. Deducimos que la teoría a la que e opone Keynes no es la versión macroeconórnica de un esquema de interdependencia general.

La condiciones de las funciones de oferta y demanda de trabajo sólo son fundamentales en modelos donde estas dos funciones determinan la variable central del sistema. e trata ciertamente del nivel de empleo. ya vimos que este resultado sólo se consigue en un modelo recursivo por la ferta.

5. El modelo de la ley de Say e escribe como sigue:
EL subsistema de la oferta está compuesto por cuatro ecuaciones, a saber:

[1]

[2]

[3]

[4]
las cuales determinan las cuatro incógnitas w/p, Ns Nd, e Y.



miércoles, 8 de agosto de 2018

Los mitos que sustentan la utopía del mercado total por Edgardo Lander

Los mitos que sustentan la utopía del mercado total por Edgardo Lander
noviembre 22, 2015

En forma explícita o implícita, la utopía del mercado total está sustentada sobre un conjunto de mitos o falacias que se han venido convirtiendo en sentido común en la medida en que el conocimiento colonial eurocéntrico de las ciencias sociales hegemónicas se fue imponiendo como la forma de conocimiento pretendidamente universal (Lander, 2000a; Mignolo, 2001). De estos mitos sólo se destacan los más significativos.
En primer lugar está el mito del crecimiento sin fin. Quizás la idea fuerza más potente del proyecto histórico de la sociedad industrial, tanto en sus versiones liberales como en sus versiones socialistas, ha sido el mito prometeico de la posibilidad del control de la naturaleza para hacer posible el crecimiento sin límite, así como la identificación de la felicidad humana con un bienestar material en permanente expansión. De acuerdo con este mito no existen límites materiales para la manipulación/explotación siempre creciente de los recursos y de la capacidad de carga del planeta Tierra. Como corolario, se asume que en los casos en los cuales aparezca alguna traba, ésta siempre podrá ser sobrepasada mediante una respuesta tecnológica, el llamado technological fix. De acuerdo con el imaginario de la utopía del mercado total, basta para ello con que operen sin interferencia las leyes espontáneas del mercado. La elevación de los precios de los bienes escasos garantizaría los incentivos requeridos para la inversión en investigación y desarrollo que le dé respuesta a todo posible obstáculo al crecimiento sin fin.
El crecimiento sin límite no es sólo un imaginario, no es sólo un componente básico de la utopía del mercado total, es igualmente una exigencia estructural del funcionamiento de la sociedad del capital, una necesidad que tiene poco que ver con los niveles de bienestar y de consumo de la población. En cada estadio de consumo de bienes materiales, la lógica expansiva de la valorización del capital –como condición de su propia supervivencia– exige más. No hay, ni puede haber, punto de llegada. El mejor ejemplo de esta exigencia inexorable es el de la economía japonesa de los últimos años. Desde el punto de vista del capital, los altísimos niveles de consumo alcanzados por la población de dicho país no son, ni pueden ser, suficientes. A pesar de su extraordinaria abundancia material, una economía de crecimiento cero se convierte en una profunda e insostenible crisis.
El mito del crecimiento sin límite ignora los estrechos condicionamientos que imponen los recursos naturales y la capacidad de carga del planeta, desconoce el hecho de que, a pesar del restringido acceso a los recursos que tiene la mayoría pobre del Sur, los recursos y la capacidad de carga del planeta están siendo utilizados en una escala que ya ha sobrepasado las posibilidades de la reposición natural, no de algunos ecosistemas locales o regionales, sino del sistema ecológico planetario global. Los actuales niveles de utilización de los recursos y capacidad de carga del sistema global no son compatibles con la preservación de la vida sobre el planeta Tierra a mediano plazo (World Wide Fund International et al., 2000; United Nations Development Program, 2000 y Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, 2000).
El mito del crecimiento sin fin opera como dispositivo necesario para ocultar la realidad de que sólo mediante una radical redistribución del acceso y uso de los recursos y capacidad de carga del planeta a escala global sería posible el logro de niveles de vida dignos para las mayorías pobres del planeta. Es un dispositivo que pretende negar el hecho de que en el uso de los recursos y de la capacidad de carga del planeta hemos llegado a una situación que, sin exageración alguna, es ya propiamente una situación de suma-cero en la que la apropiación de más recursos por parte de algunos implica, necesariamente, que habrá menos recursos y capacidad de carga disponibles para otros, que mientras más ricos sean los ricos, necesariamente, dados los límites materiales existentes, más pobres serán los pobres[1].
El segundo mito fundante de la utopía del mercado total es el mito de la naturaleza humana, tal como ésta ha sido caracterizada por el pensamiento liberal clásico y ahora radicalizado por el neoliberalismo, lo que Macpherson (1979) ha denominado el individualismo posesivo. En esta concepción, el ser humano es por naturaleza egoísta e individualista: el motor determinante de su acción en última instancia es siempre el propio beneficio. Negando el carácter histórico-cultural de este modelo de sujeto humano, se afirma que la sociedad del mercado total es la sociedad que mejor expresa la naturaleza universal de lo humano, el único modelo de organización social que permite el despliegue máximo de todo el potencial de la creatividad y la libertad humana.
Desde esta perspectiva, toda diferencia cultural es un obstáculo a superar, expresión de lo primitivo, atrasado, subdesarrollado, populista, comunitario, obstáculos que afortunadamente el mercado podrá superar si lo dejan operar sin trabas. El llamado hombre económico, producto histórico de la hegemonía de la relación social del capital se convierte en el sustento naturalizador básico de la utopía del mercado total[2].
Un tercer mito fundante de la utopía del mercado total es el mito del desarrollo lineal y progresivo de la tecnología. El modelo tecnológico hegemónico de la sociedad industrial de occidente es entendido como producto de un desarrollo ascendente hacia tecnologías cada vez mejores y más eficientes, de contenido político neutro, fundamento material de la sociedad de la abundancia. En este mito desaparece por completo el tema de las opciones tecnológicas y del condicionamiento social de las tecnologías, convirtiendo a la tecnología en una variable independiente que condiciona al resto de las dimensiones de la sociedad[3]. De esta manera se hace innecesario indagar sobre las implicaciones del modelo tecnológico. El mercado simplemente funciona en condiciones tecnológicas dadas. Al naturalizar y objetivar el modelo tecnológico, se hacen opacas o invisibles sus relaciones de poder, y también su papel básico en las condiciones de reproducción de las relaciones de desigualdad y dominio propias de la sociedad capitalista.
Asociado a los mitos anteriores, está el mito de la historia universal, la noción según la cual la historia parroquial de Europa Occidental, tal como ésta ha sido descrita por los historiadores europeos, es el patrón de referencia, la plantilla universal a partir de la cual abordar el estudio de las carencias y deficiencias de toda otra experiencia histórica, la experiencia de vida de todos los otros (Blaut, 1993; Chakrabarty, 2000). La sociedad del mercado total es, en este metarrelato, el punto de llegada de la historia, de toda historia, de la historia de todos los pueblos (Fukuyama, 1992).
De acuerdo con el mito de la tolerancia y de la diversidad cultural en la sociedad del mercado total, el liberalismo es la máxima expresión del reconocimiento del otro, de la tolerancia de la diferencia, paradigma necesario para la posibilidad misma de la diversidad cultural. Sin embargo, en la sociedad del mercado total la diversidad cultural se convierte en un mito en la medida en que, aun celebrando la diferencia, el sometimiento de ésta a la lógica expansiva del mercado establece severos límites a la posibilidad misma de la preservación y/o creación de otros modos de vida. Toda celebración de la diferencia y de la particularidad que ignore la operación de las estructuras transnacionales de la geopolítica y de la acumulación capitalista no puede sino contribuir a legitimar las dinámicas globales de este sistema-mundo e invisibilizar la operación continuada de la guerra cultural colonial e imperial dirigida a la subordinación de toda diferencia y de toda autonomía (Castro Gómez, 2000).
Articulado a los mitos anteriores, está el mito de una sociedad sin intereses, sin estrategias, sin relaciones de poder, sin sujetos. En esta invisibilización de los sujetos y sus acciones estratégicas coinciden el neoliberalismo y vertientes significativas del pensamiento posmoderno (Lander, 1996). Es el mundo del fin de la política, la Historia, y las oposiciones y conflictos ideológicos. Sintetiza todos los mitos anteriores y reafirma así la naturalización y objetivación de la sociedad del mercado total.
Este mito de la sociedad que opera sin sujetos capaces de imponer sus proyectos estratégicos obvia, como veremos más adelante, el extraordinario papel que tiene y siempre ha tenido el Estado en la sociedad capitalista. Pero igualmente distorsiona en forma radical la naturaleza y los modos de operación del mercado en la sociedad contemporánea, en particular lo que constituye hoy su dimensión definitoria: su carácter oligopólico. Característica en este sentido es la argumentación de Hayek cuando, en su polémica contra toda reivindicación de equidad y de justicia social[4], afirma que no se puede cuestionar la justicia de los resultados que produce el mercado ya que éstos no son el producto de la voluntad humana, sino de la operación de fuerzas impersonales y espontáneas (Hayek, 1983, 141). Este mítico “orden espontáneo” tiene poco que ver con un mundo en el que de las 100 más grandes economías del mundo, 51 son corporaciones y 49 son países (Anderson y Cavanagh, 2000), existen altos grados de concentración oligopólica en prácticamente todas las industrias más importantes (Grupo de Acción Sobre Erosión, Tecnología y Concentración, 2001) y estas corporaciones son, conjuntamente con los gobiernos de los países más ricos, las fuerzas principales detrás del diseño del orden jurídico e institucional de la globalización[5].
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[1] De acuerdo con Friedrich A. Hayek, los pobres se benefician del incremento en la desigualdad, ya que ésta permite que los ricos aumenten la inversión que es clave para la eliminación de la pobreza. “El rápido progreso económico con que contamos parece ser en una gran medida el resultado de la (…) desigualdad y resultaría imposible sin ella” (Hayek, 1975). “Una economía exitosa depende de la proliferación de los ricos”, citado por Waligorski (1990, 88).
[2] Sobre la economía capitalista como un orden cultural, como una forma de “producir sujetos humanos”, ver Escobar (1995, 59).
[3] La investigación empírica en los campos de la sociología, de la ciencia y de la tecnología documenta ampliamente que la ciencia (y la tecnología), “lejos de ser una actividad autónoma, regida por leyes propias, está determinada, en sus mismos productos, por factores sociales” (Vessuri, 1989). Ver igualmente: Lander (1994); MacKenzie y Wajcman (1985); Knorr-Cetina y Mulkey (1983).
[4] Según Hayek, la justicia social “… es en la actualidad probablemente la más grave amenaza a la mayor parte de los otros valores de una civilización libre”. Economic Freedom and Representative Government, Occasional Paper n° 39. Londres, Institute of Economic Affairs, 1973, p. 13, citado por Waligorski (1990, 135).
[5] De la amplísima literatura sobre el poder de las empresas transnacionales en la sociedad global contemporánea, se puede consultar lo siguiente: Wallach y Sforza (1999); Barnet y Cavanagh (1994); Korten (1995); y Lander (1998).
Extraído de “La utopía del mercado total y el poder imperial” de Edgardo Lander publicado en la Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, vol. 8, núm. 2, mayo-agosto, 2002


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La utopía del mercado total y el poder imperial

La utopía del mercado total y el poder imperial
Edgardo Lander

El pensamiento utópico, como horizonte normativo, hace posible concebir la realidad social como momento histórico superable, imaginar que el mundo podría ser de otra manera. Nos permite pensar que, a pesar de las tendencias que apuntan con fuerza en dirección contraria, y aunque las alternativas no están garantizadas, éstas son posibles y por ello vale la pena reflexionar y actuar en función de la construcción de una vida mejor para las grandes mayorías, una vida más democrática, más equitativa, más solidaria, más fraterna, más compatible con la preservación de la vida en el planeta Tierra.

Tanto el pensamiento crítico, en su más amplia gama de perspectivas, como las luchas sociales de los oprimidos siempre han tenido una dimensión utópica. Esta consiste en la reivindicación de la libertad humana, en negarse tercamente a reconocer la inexorabilidad de lo existente, a pesar del realismo que pretenden siempre imponer los poderes dominantes.

En los últimos lustros, en particular a partir del año 1989, se ha venido celebrando la llegada de una nueva era, una era más allá de las utopías, más allá de los metarrelatos históricos, más allá de las ideologías y de la política. Se trata de un discurso conservador que a partir de las extraordinarias derrotas que sufrieron en las últimas décadas las fuerzas democráticas y populares en todo el planeta, pretende la congelación de las desigualdades políticas y sociales del presente y la negación de toda posibilidad de pensamiento utópico como instrumento crítico, como visualización de la posibilidad de alternativas al orden existente.

Para pensar y actuar políticamente en función de la utopía de democracia, equidad, diversidad y solidaridad a la cual aspiramos, es indispensable el recordar que no estamos solos en el campo de juego. Es indispensable partir de la comprensión del hecho de que lo que para unos puede ser una utopía, es para otros necesariamente, la anti-utopía, el peor de los mundos posibles. Es necesario que reconozcamos que nos enfrentamos no sólo a una realidad  histórica, sino igualmente, a otras utopías, a otros proyectos de construcción de futuro que apuntan en una dirección divergente a la de la utopía democrática.
A pesar de su reiterada crítica al pensamiento utópico, en el pensamiento liberal y neoliberal contemporáneo, no ha desaparecido el pensamiento utópico, no se ha colocado la filosofía de la historia en el cajón de los recuerdos, ni se ha abandonado la metanarrativa del progreso universal en su marcha inexorable hacia la sociedad de la abundancia y la libertad.
Hoy tiende a imponerse globalmente, tanto ideológicamente como en términos fácticos, una potente utopía de construcción de futuro que podemos llamar la utopía del mercado total.

No se trata de un inocuo imaginario abstracto, sino del diseño de un orden global que -en continuidad fundamental con la organización colonial-imperial del mundo moderno- cuenta con los más poderosos dispositivos comunicacionales, políticos, económicos y, con frecuencia creciente, militares del planeta. El propósito de este texto es explorar las características básicas de la apuesta de reafirmación del presente y construcción de futuro de esa la  utopía (¿anti-utopía?) del mercado total, así como sus principales mitos y falacias, tal como éstos se expresan tanto en sus afirmaciones explícitas como en aquello que silencia u oculta.

I. La sociedad del mercado total
¿Qué podemos entender por utopía del mercado total? ¿Cuáles son sus dimensiones básicas? La utopía del mercado total es el imaginario de acuerdo al cual los criterios de asignación de recursos y de toma de decisiones por parte del mercado conducen al máximo del bienestar humano y que por ello es tanto deseable como posible la reorganización de todas las actividades humanas de acuerdo a la lógica del mercado. Es tanto un imaginario de futuro, como un proceso de diseño/construcción del mundo de la llamada era de la globalización. La utopía del mercado total no es simplemente un modelo económico, (lo que ha sido llamado una economía de mercado), es la extensión de la lógica de la racionalidad del mercado a todos los ámbitos de la vida colectiva. Es esto lo que Polanyi  llamó la sociedad de mercado, que para él : "... quiere decir nada menos que el funcionamiento de la sociedad se da como un apéndice del mercado. En lugar de estar la economía enmarcada en las relaciones sociales, las relaciones sociales están enmarcadas en el sistema económico.”1 La expansión de la lógica del mercado es un proceso de penetración y subordinación de todas las actividades, recursos, territorios y poblaciones que hasta el presente no habían estado plenamente sometidos. Esto implica que los criterios del mercado (rendimiento, competitividad, eficacia, y sus diversas y cambiantes normas de gestión -como la calidad total- se extienden progresivamente hasta convertirse en normas consideradas como legítimas para juzgar las bondades relativas de las decisiones y acciones en cada uno de los ámbitos de la vida individual y colectiva. En este proceso, cada una de estas actividades es transformada profundamente. Se trata de un modelo cultural totalizante y totalitario. Algunos ejemplos son suficientes para ilustrar estas tendencias. En primer lugar cabe destacar las transformaciones de la teoría y la práctica de lo político y de la política que ha venido ocurriendo en todo el mundo como consecuencia del colapso de los regímenes socialistas, la crisis de los Estados de bienestar social y la generalización de reformas políticas y económicas liberalizadoras en todo el planeta. Los procesos de privatización de actividades que hasta recientemente se consideraban como propias del ámbito de lo público avanzan con fuerza,  tanto en los países del centro como en el mundo periférico. Estas transformaciones de lo público en privado responden tanto al dogma ideológico neoliberal (de acuerdo a los cuales el mercado es portador de eficiencia y libertad mientras el Estado es ineficiente y representa una amenaza a la libertad), como a una exigencia de un capital especulativo que crece sin cesar y va requiriendo cada vez nuevos ámbitos para su inversión/valorización.

En palabras de Franz Hinkelammert:
Cualquier actividad humana tiene que ser transformada en una esfera de inversión del capital, para que el capital especulativo pueda vivir; las escuelas, los jardines infantiles, las universidades, los sistemas de salud, las carreteras, la infraestructura energética, los ferrocarriles, el correo, las telecomunicaciones, los otros medios de comunicación, etc. Inclusive la policía, la función legislativa y el mismo gobierno, se pretende transformarlas en esfera de inversión de estos capitales.2

No se trata simplemente de un cambio de la "ineficacia y corrupción" estatales por la "transparencia y eficiencia" de la gestión privada, sino de profundas transformaciones de la esfera pública que en la medida en que reducen el espacio de la ciudadanía, amplían el de los clientes y consumidores. Otro ámbito que hasta relativamente pocos lustros se suponía que debía regirse por criterios diferentes a la lógica de la rentabilidad mercantil, es el de la vida universitaria y en general los procesos de producción de conocimiento científico. La proliferación de institutos de educación y universidades privadas en todo el continente latinoamericano con fines estrictamente mercantiles, y las tendencias crecientes al cobro de matrícula en las universidades públicas, no constituyen sino la parte más visible de cambios que están alterando radicalmente las condiciones de la producción del conocimiento en escala global. La imposición de criterios de evaluación del rendimiento académico basado en exigencias de competitividad y productividad individualizada está produciendo transformaciones ampliamente reconocidas en la cultura académica.

1. Karl Polanyi, The Great Transformation. The Political and Economic Origins of Our Times, Beacon Press, Boston, 1944, p. 57.
2. El nihilismo al desnudo. Los tiempos de globalización, LOM ediciones, Santiago, 2001, p. 15. 3. Teresa Pacheco y Angel Díaz Barriga, Evaluación académica, Centro de Estudios sobre la Universidad de la UNAM y FCE, México, 2000.