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martes, 14 de agosto de 2018

LA ESTRUCTURA LÓGICA DE LA TEORÍA GENERAL DE KEYNES

LA ESTRUCTURA LÓGICA DE LA TEORÍA GENERAL DE KEYNES

Carlo Benetti*

* Universidad París X - Nanterre El autor agradece a Jean Cartelier, Ghislain Deleplace, Michel De Vroey y Amaine Rebeyrol por sus valiosos comentarios. Este ensayo se publicó originalmente en Cahiers d' économie politique 30-31. Traducción de José Félix Cataño con autorización del autor y de los editores.

Resumen
El objetivo de este artículo es la construcción de la teoría de Keynes, concebida como una estructura compuesta por tres modelos generales y de base que se deducen unos de otros. Se muestra que la ley de Say, a la que se opone Keynes, se puede formalizar por medio de un modelo "recursivo por la oferta". La crítica de Keynes conduce a un modelo diferente: "uno no walrasiano y de interdependencia general" que no admite la critica del ajuste al equilibrio de pleno empleo. Es un modelo de referencia a partir del cual, en una tercera etapa, se obtiene el modelo keynesiano propiamente dicho, que admite al menos un equilibrio con desempleo involuntario en condiciones de flexibilidad de salarios y de precios. Este estudio muestra tanto la coherencia de la construcción de la teoría de Keynes como los limites de su "herejía" teórica.

Abstract
In this paper we study the construetion of Keynes' theory, conceived as a structure composed by three general and basic models, which are deduced ones from the others. We show that Say's law as criticized by Keynes can be formalized by means of a "recursive supply" modelo Keynes' criticism leads to a different model, a "non -wal rasian and general interdepedence" one, which does not allow to criticize the adjustement to a full employment equilibrium. lt is used by Keynes as a basic model from which, in a third stage, he obtains the keynesian model, defined as the model which admits at Ieast one involuntary unemployment equilibrium with flexibility of wages and priees. We conclude that the construction of Keynes' theory is logically coherent and we show the limitations of his theoretical "heresy".

INTRODUCCIÓN

1. El objeto de este artículo es la construcción de la teoría de Keynes, considerada como una estructura compuesta por modelos diferentes, generales y de base, que se deducen unos de otros. Este método, que llamaremos 'lógico', es compatible con nuestro principal objetivo: la comprensión de una teoria tan singular como la "herejía" keynesiana [1934, 489]. Los resultados de los enfoques históricos, que tratan cuestiones de génesis y del método analítico no son satisfactorios. El amplio debate generado por la teoría de Keynes ha hecho creer que esta teoría ha alcanzado una formulación coherente y que se tiene bien identificado el alcance de las diferentes hipótesis utilizadas. Sin embargo, no está de más revisar de tal estructura analítica, ya que si encontramos alguna incoherencia podríamos mejorar el modelo, aun sin lograr grandes avances en comprensión.

El mismo Keynes aporta una justificación: "La economía es una ciencia que piensa en términos de modelos, y es el arte de escoger los modelos relevantes en el mundo contemporáneo" [1938, 296). La segunda parte de esta definición se refiere a la teoría dominante cuya crítica es el punto de partida obligado de todo enfoque que pretenda ser heterodoxo.

Para Keynes la debilidad de la teoría neoclásica no está en su consistencia lógica, sino en "la falta de claridad y de generalidad de sus premisas" [1936, p. XXl, traducción corregida].
El resto se deduce.
Al cambiar ciertas hipótesis del modelo neoclásico configuramos un modelo diferente pero que no permite la critica del ajuste al equilibrio de pleno empleo.Este último cumple el papel de modelo de referencia a partir del cual, en una tercera etapa, se consigue un modelo keynesiano propiamente dicho. Así que la comprensión de la teoría de Keynes requiere responder estas preguntas:

i) ¿Cuál es el modelo de referencia al que se opone?
ii) ¿Cuál es el modelo de referencia adoptado por Keynes?
iii) ¿Cuál es el modelo keynesiano, el deducido del modelo de referencia, que concluye en la posibilidad de equilibrios con desempleo in voluntario en una economía con precios y salarios flexibles?

Al menos en parte, estas son las mismas preguntas que formula Hícks en el artículo de 1937 y que resuelve con los tres modelos que exponemos en el Anexo 1.

2. La dificultad de hacer un estudio de la teoría keynesiana desde el punto de vista lógico -que es una de las mayores justificaciones- es que Keynes no presenta de forma explícita ni el modelo de referencia de la teoría a la que se opone, ni la teoría que propone. Sin embargo provee todos los elementos que se necesitan para deducirlos. El resultado muestra la consistencia del enfoque de Keynes y los límites de su "herejía" teórica.1

Con este método no examinamos los aspectos especificas de la teoría de Keynes -de sus contribuciones más importantes– sino que nos dedicamos al estudio lógico de la teoría en conjunto para definir un marco de referencia que permita realizar análisis particulares.

En suma, las principales etapas del método que seguimos comienza con la exposición y la crítica de la ley de Say y de los dos postulados fundamentales de la economía clásica' para avanzar en la búsqueda de los dos modelos de referencia, el neoclásico y el keynesiano. De aquí se puede deducir el modelo de referencia que Keynes asigna a la teoría dominante (el modelo de la ley de Sayo recursivo por la oferta) y el modelo de referencia que él adopta (el modelo no walrasiano de interdependencia general),espectivamente. Sobre esta base se de arrolla la teoría de la demanda global. Al contrario de cierta tradición, no se llega a un modelo recursivo por la demanda sino a modelos originales de interdependencia que admiten equilibrios con desempleo involuntario. Posteriormente presentamos la noción de equilibrio keynesiano. La respuesta a las tres preguntas planteadas en la sección anterior es la siguiente: que la teoría de Keynes se construye en oposición a un modelo recursivo por la oferta, y el resultado es un modelo no walrasiano de interdependencia general, a partir del cual se derivan los modelos keynesianos de determinación del equilibrio con desempleo involuntario. En la última sección sacamos algunas conclusiones generales. En los dos Anexos presentamos una discusión de la interpretación de Hicks y de algunas afirmaciones usuales que consideramos inexactas.

Como se podrá notar, nuestro objeto no es el pensamiento o "la economía de Keynes" propiamente dicha [Cartelier 1995] sino la parte que se expone en la Teoría General y que identificaremos, con un poco de abuso, como la teoría de Keynes,

LA REFERENCIA DE LA TEORÍA CLÁSICA: MODELO RECURSIVO POR LA OFERTA O LEY DE SAY

3. Keynes no presenta de manera explicita la teoría neoclásica, aunque la identifica claramente de acuerdo a us características principales pues él mismo afirmó "según mi leal saber y entender" [1936, 18]. Se trata de la teoría que cumple la ley de Say, y que reposa sobre dos postulados fundamentales acerca del mercado de trabajo. Como lo veremos se trata de las dos caras de la misma moneda ya que cada propiedad implica la otra.
En los siguientes pasajes Keynes presenta su interpretación de la ley de Say:
Que la oferta crea su propia demanda en el sentido de que el precio de la demanda global es igual al precio de la oferta global para cualquier nivel de producción y de ocupación [1936, 31], Y en la teoría clásica, de acuerdo con la cual [la demanda global es igual a la oferta global] para todos los valores de N, la cantidad de ocupación está en equilibrio neutral en todos los casos en que sea inferior al máximo, de manera que puede esperarse que la fuerza de la competencia entre los empresarios lo eleve hasta dicho valor máximo. Sólo en este punto, según la teoría clásica, puede existir equilibrio estable [1936,37].
El punto central es que la idea de que "la oferta crea su propia demanda" no tiene sentido en el modelo macroeconómico con mercados interdependientes, donde la oferta crea la demanda, y la demanda crea la oferta. Esa propiedad sólo se verifica en un modelo macro económico donde la oferta global pueda determinarse de manera independiente y previa a la demanda global. El equilibrio general se obtiene por medio de la adaptación de esta última a la oferta global predeterminada. Para construir ese modelo se parte de un modelo macroeconómico de interdependencia, se sustraen las ecuaciones de la oferta global de la interdependencia general, y la oferta y la demanda de trabajo deben depender únicamente del salario real. Las ecuaciones del mercado de trabajo y la función producción forman un subsistema que puede aislar del resto pues la solución es independiente de los otros parámetros y de las otras ecuaciones a las que ella se impone. Lo llamamos el "subsistema de la oferta global". Para resolver el sistema completo hay que ir por partes de manera secuencial. Primero, el sub ist ma de la oferta determina el salario real, el empleo y la oferta de equilibrio. En segundo lugar estos valores se introducen en el subsistema compuesto de las ecuaciones de la demanda global–el subsistema de la demanda– cuya única función es determinar las otras variables de manera que la demanda global sea igual a la oferta global predeterminada.

Llamaremos "recursivo por la oferta" al modelo de referencia de la teoría a la cual se opone Keynes. Este modelo es la formalización de la ley de Say en el entendido keynesiano.2

i) na característica importante del modelo de la ley de Say es que es un modelo general, una representación de la economía en conjunto cuyo resultado esencial se consigue por medio de un análisis de "equilibrio parcial" limitado al mercado de trabajo. La condición de este tipo d análisis no es el hecho de que las variables relativas a los otros mercados estén fijas sino el hecho de la recursividad por la oferta, en virtud de la cual estas variables se ajustan automáticamente a la solución parcial del subsistema de la oferta.
ii) El enunciado de que "la oferta crea su propia demanda cualquiera que sea el nivel de empleo" no es inteligible sino en el modelo recursivo por la oferta donde, contrariamente a los modelos de interdependencia, todo nivel de producción determinado por el subsistema de la oferta se impone al subsistema de la demanda. Así, la demanda global no puede ser diferente de la oferta global.
iii) En un modelo recursivo por la oferta la única causa del desempleo involuntario es la ausencia de ajuste del salario real.Es esa precisamente la teoría de Pigou que Keynes presenta y crítica en el Anexo del capítulo 19 de la Teoría General. "El profesor Pigou concluye que la desocupación se debe primordialmente a una política de salarios que no se ajusta lo bastante por sí misma a los cambios en la función de demanda real de mano de obra" [1936, 246].
iv) A menudo la ley de Say se identifica con el reflujo a las empresas de la integridad del ingreso que ellas ya han distribuido.

De ahí procede la crítica basada en la posesión de saldos en dinero, formulado por Marx y retomada por Keynes cuando este último afirma que "un acto de ahorro individual significa -por decirlo así- el propósito de no comer hoy, pero no supone la necesidad de tomar una decisión de comer o comprar un par de botas dentro de una semana o de un año o de consumir cualquier cosa concreta en fecha alguna determinada. [La situación sería diferente] si el ahorro consistiera no sólo en abstenerse de consumir en el presente, sino en situar simultáneamente una orden específica de consumo posterior" [1936,188].3 Este argumento es ambiguo. En cuanto a los flujos el enunciado "la oferta crea la demanda" no puede criticarse válidamente haciendo intervenir un acervo.

En segundo lugar, la condición de reflujo es demasiado general porque pertenece al concepto de equilibrio, cualquiera que sea el modelo usado, y sea recursivo por la oferta (la oferta de equilibrio crea su demanda) o ya sea de interdependencia (la oferta y la demanda de equilibrio se determinan simultáneamente). Si la recursividad por la oferta implica el reflujo en el sentido mencionado antes, la proposición inversa no es cierta: la ley de Say es la condición suficiente del reflujo, pero no es condición necesaria a la inversa: el reflujo es condición necesaria pero no suficiente de la ley de Say.

4. El resultad es exactamente el mismo que se obtiene si partimos de la teoría neoclásica del empleo. Keynes notaba que "la teoría fundamental [acerca de las fluctuaciones de empleo] en que descansa […] se ha creído tan sencilla y evidente que no habría caso para mencionarla". Ella descansa en dos postulados fundamentales: el salario es igual al producto marginal del trabajo, y la utilidad del salario, cuándo en un a d terminado volumen de trabajo, es igual a la desutilidad marginal de ese mismo volwnen de ocupación [1936, 17].4
En un sistema de interdependencia donde ningún subconjunto de mercado e privilegia en detrimento de otros, estas dos condiciones no erían 'fundamentales' o no más importantes que las condiciones de las funciones de oferta y de demanda de las otras mercancías. Deducimos que la teoría a la que e opone Keynes no es la versión macroeconórnica de un esquema de interdependencia general.

La condiciones de las funciones de oferta y demanda de trabajo sólo son fundamentales en modelos donde estas dos funciones determinan la variable central del sistema. e trata ciertamente del nivel de empleo. ya vimos que este resultado sólo se consigue en un modelo recursivo por la ferta.

5. El modelo de la ley de Say e escribe como sigue:
EL subsistema de la oferta está compuesto por cuatro ecuaciones, a saber:

[1]

[2]

[3]

[4]
las cuales determinan las cuatro incógnitas w/p, Ns Nd, e Y.



miércoles, 8 de agosto de 2018

Los mitos que sustentan la utopía del mercado total por Edgardo Lander

Los mitos que sustentan la utopía del mercado total por Edgardo Lander
noviembre 22, 2015

En forma explícita o implícita, la utopía del mercado total está sustentada sobre un conjunto de mitos o falacias que se han venido convirtiendo en sentido común en la medida en que el conocimiento colonial eurocéntrico de las ciencias sociales hegemónicas se fue imponiendo como la forma de conocimiento pretendidamente universal (Lander, 2000a; Mignolo, 2001). De estos mitos sólo se destacan los más significativos.
En primer lugar está el mito del crecimiento sin fin. Quizás la idea fuerza más potente del proyecto histórico de la sociedad industrial, tanto en sus versiones liberales como en sus versiones socialistas, ha sido el mito prometeico de la posibilidad del control de la naturaleza para hacer posible el crecimiento sin límite, así como la identificación de la felicidad humana con un bienestar material en permanente expansión. De acuerdo con este mito no existen límites materiales para la manipulación/explotación siempre creciente de los recursos y de la capacidad de carga del planeta Tierra. Como corolario, se asume que en los casos en los cuales aparezca alguna traba, ésta siempre podrá ser sobrepasada mediante una respuesta tecnológica, el llamado technological fix. De acuerdo con el imaginario de la utopía del mercado total, basta para ello con que operen sin interferencia las leyes espontáneas del mercado. La elevación de los precios de los bienes escasos garantizaría los incentivos requeridos para la inversión en investigación y desarrollo que le dé respuesta a todo posible obstáculo al crecimiento sin fin.
El crecimiento sin límite no es sólo un imaginario, no es sólo un componente básico de la utopía del mercado total, es igualmente una exigencia estructural del funcionamiento de la sociedad del capital, una necesidad que tiene poco que ver con los niveles de bienestar y de consumo de la población. En cada estadio de consumo de bienes materiales, la lógica expansiva de la valorización del capital –como condición de su propia supervivencia– exige más. No hay, ni puede haber, punto de llegada. El mejor ejemplo de esta exigencia inexorable es el de la economía japonesa de los últimos años. Desde el punto de vista del capital, los altísimos niveles de consumo alcanzados por la población de dicho país no son, ni pueden ser, suficientes. A pesar de su extraordinaria abundancia material, una economía de crecimiento cero se convierte en una profunda e insostenible crisis.
El mito del crecimiento sin límite ignora los estrechos condicionamientos que imponen los recursos naturales y la capacidad de carga del planeta, desconoce el hecho de que, a pesar del restringido acceso a los recursos que tiene la mayoría pobre del Sur, los recursos y la capacidad de carga del planeta están siendo utilizados en una escala que ya ha sobrepasado las posibilidades de la reposición natural, no de algunos ecosistemas locales o regionales, sino del sistema ecológico planetario global. Los actuales niveles de utilización de los recursos y capacidad de carga del sistema global no son compatibles con la preservación de la vida sobre el planeta Tierra a mediano plazo (World Wide Fund International et al., 2000; United Nations Development Program, 2000 y Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, 2000).
El mito del crecimiento sin fin opera como dispositivo necesario para ocultar la realidad de que sólo mediante una radical redistribución del acceso y uso de los recursos y capacidad de carga del planeta a escala global sería posible el logro de niveles de vida dignos para las mayorías pobres del planeta. Es un dispositivo que pretende negar el hecho de que en el uso de los recursos y de la capacidad de carga del planeta hemos llegado a una situación que, sin exageración alguna, es ya propiamente una situación de suma-cero en la que la apropiación de más recursos por parte de algunos implica, necesariamente, que habrá menos recursos y capacidad de carga disponibles para otros, que mientras más ricos sean los ricos, necesariamente, dados los límites materiales existentes, más pobres serán los pobres[1].
El segundo mito fundante de la utopía del mercado total es el mito de la naturaleza humana, tal como ésta ha sido caracterizada por el pensamiento liberal clásico y ahora radicalizado por el neoliberalismo, lo que Macpherson (1979) ha denominado el individualismo posesivo. En esta concepción, el ser humano es por naturaleza egoísta e individualista: el motor determinante de su acción en última instancia es siempre el propio beneficio. Negando el carácter histórico-cultural de este modelo de sujeto humano, se afirma que la sociedad del mercado total es la sociedad que mejor expresa la naturaleza universal de lo humano, el único modelo de organización social que permite el despliegue máximo de todo el potencial de la creatividad y la libertad humana.
Desde esta perspectiva, toda diferencia cultural es un obstáculo a superar, expresión de lo primitivo, atrasado, subdesarrollado, populista, comunitario, obstáculos que afortunadamente el mercado podrá superar si lo dejan operar sin trabas. El llamado hombre económico, producto histórico de la hegemonía de la relación social del capital se convierte en el sustento naturalizador básico de la utopía del mercado total[2].
Un tercer mito fundante de la utopía del mercado total es el mito del desarrollo lineal y progresivo de la tecnología. El modelo tecnológico hegemónico de la sociedad industrial de occidente es entendido como producto de un desarrollo ascendente hacia tecnologías cada vez mejores y más eficientes, de contenido político neutro, fundamento material de la sociedad de la abundancia. En este mito desaparece por completo el tema de las opciones tecnológicas y del condicionamiento social de las tecnologías, convirtiendo a la tecnología en una variable independiente que condiciona al resto de las dimensiones de la sociedad[3]. De esta manera se hace innecesario indagar sobre las implicaciones del modelo tecnológico. El mercado simplemente funciona en condiciones tecnológicas dadas. Al naturalizar y objetivar el modelo tecnológico, se hacen opacas o invisibles sus relaciones de poder, y también su papel básico en las condiciones de reproducción de las relaciones de desigualdad y dominio propias de la sociedad capitalista.
Asociado a los mitos anteriores, está el mito de la historia universal, la noción según la cual la historia parroquial de Europa Occidental, tal como ésta ha sido descrita por los historiadores europeos, es el patrón de referencia, la plantilla universal a partir de la cual abordar el estudio de las carencias y deficiencias de toda otra experiencia histórica, la experiencia de vida de todos los otros (Blaut, 1993; Chakrabarty, 2000). La sociedad del mercado total es, en este metarrelato, el punto de llegada de la historia, de toda historia, de la historia de todos los pueblos (Fukuyama, 1992).
De acuerdo con el mito de la tolerancia y de la diversidad cultural en la sociedad del mercado total, el liberalismo es la máxima expresión del reconocimiento del otro, de la tolerancia de la diferencia, paradigma necesario para la posibilidad misma de la diversidad cultural. Sin embargo, en la sociedad del mercado total la diversidad cultural se convierte en un mito en la medida en que, aun celebrando la diferencia, el sometimiento de ésta a la lógica expansiva del mercado establece severos límites a la posibilidad misma de la preservación y/o creación de otros modos de vida. Toda celebración de la diferencia y de la particularidad que ignore la operación de las estructuras transnacionales de la geopolítica y de la acumulación capitalista no puede sino contribuir a legitimar las dinámicas globales de este sistema-mundo e invisibilizar la operación continuada de la guerra cultural colonial e imperial dirigida a la subordinación de toda diferencia y de toda autonomía (Castro Gómez, 2000).
Articulado a los mitos anteriores, está el mito de una sociedad sin intereses, sin estrategias, sin relaciones de poder, sin sujetos. En esta invisibilización de los sujetos y sus acciones estratégicas coinciden el neoliberalismo y vertientes significativas del pensamiento posmoderno (Lander, 1996). Es el mundo del fin de la política, la Historia, y las oposiciones y conflictos ideológicos. Sintetiza todos los mitos anteriores y reafirma así la naturalización y objetivación de la sociedad del mercado total.
Este mito de la sociedad que opera sin sujetos capaces de imponer sus proyectos estratégicos obvia, como veremos más adelante, el extraordinario papel que tiene y siempre ha tenido el Estado en la sociedad capitalista. Pero igualmente distorsiona en forma radical la naturaleza y los modos de operación del mercado en la sociedad contemporánea, en particular lo que constituye hoy su dimensión definitoria: su carácter oligopólico. Característica en este sentido es la argumentación de Hayek cuando, en su polémica contra toda reivindicación de equidad y de justicia social[4], afirma que no se puede cuestionar la justicia de los resultados que produce el mercado ya que éstos no son el producto de la voluntad humana, sino de la operación de fuerzas impersonales y espontáneas (Hayek, 1983, 141). Este mítico “orden espontáneo” tiene poco que ver con un mundo en el que de las 100 más grandes economías del mundo, 51 son corporaciones y 49 son países (Anderson y Cavanagh, 2000), existen altos grados de concentración oligopólica en prácticamente todas las industrias más importantes (Grupo de Acción Sobre Erosión, Tecnología y Concentración, 2001) y estas corporaciones son, conjuntamente con los gobiernos de los países más ricos, las fuerzas principales detrás del diseño del orden jurídico e institucional de la globalización[5].
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[1] De acuerdo con Friedrich A. Hayek, los pobres se benefician del incremento en la desigualdad, ya que ésta permite que los ricos aumenten la inversión que es clave para la eliminación de la pobreza. “El rápido progreso económico con que contamos parece ser en una gran medida el resultado de la (…) desigualdad y resultaría imposible sin ella” (Hayek, 1975). “Una economía exitosa depende de la proliferación de los ricos”, citado por Waligorski (1990, 88).
[2] Sobre la economía capitalista como un orden cultural, como una forma de “producir sujetos humanos”, ver Escobar (1995, 59).
[3] La investigación empírica en los campos de la sociología, de la ciencia y de la tecnología documenta ampliamente que la ciencia (y la tecnología), “lejos de ser una actividad autónoma, regida por leyes propias, está determinada, en sus mismos productos, por factores sociales” (Vessuri, 1989). Ver igualmente: Lander (1994); MacKenzie y Wajcman (1985); Knorr-Cetina y Mulkey (1983).
[4] Según Hayek, la justicia social “… es en la actualidad probablemente la más grave amenaza a la mayor parte de los otros valores de una civilización libre”. Economic Freedom and Representative Government, Occasional Paper n° 39. Londres, Institute of Economic Affairs, 1973, p. 13, citado por Waligorski (1990, 135).
[5] De la amplísima literatura sobre el poder de las empresas transnacionales en la sociedad global contemporánea, se puede consultar lo siguiente: Wallach y Sforza (1999); Barnet y Cavanagh (1994); Korten (1995); y Lander (1998).
Extraído de “La utopía del mercado total y el poder imperial” de Edgardo Lander publicado en la Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, vol. 8, núm. 2, mayo-agosto, 2002


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La utopía del mercado total y el poder imperial

La utopía del mercado total y el poder imperial
Edgardo Lander

El pensamiento utópico, como horizonte normativo, hace posible concebir la realidad social como momento histórico superable, imaginar que el mundo podría ser de otra manera. Nos permite pensar que, a pesar de las tendencias que apuntan con fuerza en dirección contraria, y aunque las alternativas no están garantizadas, éstas son posibles y por ello vale la pena reflexionar y actuar en función de la construcción de una vida mejor para las grandes mayorías, una vida más democrática, más equitativa, más solidaria, más fraterna, más compatible con la preservación de la vida en el planeta Tierra.

Tanto el pensamiento crítico, en su más amplia gama de perspectivas, como las luchas sociales de los oprimidos siempre han tenido una dimensión utópica. Esta consiste en la reivindicación de la libertad humana, en negarse tercamente a reconocer la inexorabilidad de lo existente, a pesar del realismo que pretenden siempre imponer los poderes dominantes.

En los últimos lustros, en particular a partir del año 1989, se ha venido celebrando la llegada de una nueva era, una era más allá de las utopías, más allá de los metarrelatos históricos, más allá de las ideologías y de la política. Se trata de un discurso conservador que a partir de las extraordinarias derrotas que sufrieron en las últimas décadas las fuerzas democráticas y populares en todo el planeta, pretende la congelación de las desigualdades políticas y sociales del presente y la negación de toda posibilidad de pensamiento utópico como instrumento crítico, como visualización de la posibilidad de alternativas al orden existente.

Para pensar y actuar políticamente en función de la utopía de democracia, equidad, diversidad y solidaridad a la cual aspiramos, es indispensable el recordar que no estamos solos en el campo de juego. Es indispensable partir de la comprensión del hecho de que lo que para unos puede ser una utopía, es para otros necesariamente, la anti-utopía, el peor de los mundos posibles. Es necesario que reconozcamos que nos enfrentamos no sólo a una realidad  histórica, sino igualmente, a otras utopías, a otros proyectos de construcción de futuro que apuntan en una dirección divergente a la de la utopía democrática.
A pesar de su reiterada crítica al pensamiento utópico, en el pensamiento liberal y neoliberal contemporáneo, no ha desaparecido el pensamiento utópico, no se ha colocado la filosofía de la historia en el cajón de los recuerdos, ni se ha abandonado la metanarrativa del progreso universal en su marcha inexorable hacia la sociedad de la abundancia y la libertad.
Hoy tiende a imponerse globalmente, tanto ideológicamente como en términos fácticos, una potente utopía de construcción de futuro que podemos llamar la utopía del mercado total.

No se trata de un inocuo imaginario abstracto, sino del diseño de un orden global que -en continuidad fundamental con la organización colonial-imperial del mundo moderno- cuenta con los más poderosos dispositivos comunicacionales, políticos, económicos y, con frecuencia creciente, militares del planeta. El propósito de este texto es explorar las características básicas de la apuesta de reafirmación del presente y construcción de futuro de esa la  utopía (¿anti-utopía?) del mercado total, así como sus principales mitos y falacias, tal como éstos se expresan tanto en sus afirmaciones explícitas como en aquello que silencia u oculta.

I. La sociedad del mercado total
¿Qué podemos entender por utopía del mercado total? ¿Cuáles son sus dimensiones básicas? La utopía del mercado total es el imaginario de acuerdo al cual los criterios de asignación de recursos y de toma de decisiones por parte del mercado conducen al máximo del bienestar humano y que por ello es tanto deseable como posible la reorganización de todas las actividades humanas de acuerdo a la lógica del mercado. Es tanto un imaginario de futuro, como un proceso de diseño/construcción del mundo de la llamada era de la globalización. La utopía del mercado total no es simplemente un modelo económico, (lo que ha sido llamado una economía de mercado), es la extensión de la lógica de la racionalidad del mercado a todos los ámbitos de la vida colectiva. Es esto lo que Polanyi  llamó la sociedad de mercado, que para él : "... quiere decir nada menos que el funcionamiento de la sociedad se da como un apéndice del mercado. En lugar de estar la economía enmarcada en las relaciones sociales, las relaciones sociales están enmarcadas en el sistema económico.”1 La expansión de la lógica del mercado es un proceso de penetración y subordinación de todas las actividades, recursos, territorios y poblaciones que hasta el presente no habían estado plenamente sometidos. Esto implica que los criterios del mercado (rendimiento, competitividad, eficacia, y sus diversas y cambiantes normas de gestión -como la calidad total- se extienden progresivamente hasta convertirse en normas consideradas como legítimas para juzgar las bondades relativas de las decisiones y acciones en cada uno de los ámbitos de la vida individual y colectiva. En este proceso, cada una de estas actividades es transformada profundamente. Se trata de un modelo cultural totalizante y totalitario. Algunos ejemplos son suficientes para ilustrar estas tendencias. En primer lugar cabe destacar las transformaciones de la teoría y la práctica de lo político y de la política que ha venido ocurriendo en todo el mundo como consecuencia del colapso de los regímenes socialistas, la crisis de los Estados de bienestar social y la generalización de reformas políticas y económicas liberalizadoras en todo el planeta. Los procesos de privatización de actividades que hasta recientemente se consideraban como propias del ámbito de lo público avanzan con fuerza,  tanto en los países del centro como en el mundo periférico. Estas transformaciones de lo público en privado responden tanto al dogma ideológico neoliberal (de acuerdo a los cuales el mercado es portador de eficiencia y libertad mientras el Estado es ineficiente y representa una amenaza a la libertad), como a una exigencia de un capital especulativo que crece sin cesar y va requiriendo cada vez nuevos ámbitos para su inversión/valorización.

En palabras de Franz Hinkelammert:
Cualquier actividad humana tiene que ser transformada en una esfera de inversión del capital, para que el capital especulativo pueda vivir; las escuelas, los jardines infantiles, las universidades, los sistemas de salud, las carreteras, la infraestructura energética, los ferrocarriles, el correo, las telecomunicaciones, los otros medios de comunicación, etc. Inclusive la policía, la función legislativa y el mismo gobierno, se pretende transformarlas en esfera de inversión de estos capitales.2

No se trata simplemente de un cambio de la "ineficacia y corrupción" estatales por la "transparencia y eficiencia" de la gestión privada, sino de profundas transformaciones de la esfera pública que en la medida en que reducen el espacio de la ciudadanía, amplían el de los clientes y consumidores. Otro ámbito que hasta relativamente pocos lustros se suponía que debía regirse por criterios diferentes a la lógica de la rentabilidad mercantil, es el de la vida universitaria y en general los procesos de producción de conocimiento científico. La proliferación de institutos de educación y universidades privadas en todo el continente latinoamericano con fines estrictamente mercantiles, y las tendencias crecientes al cobro de matrícula en las universidades públicas, no constituyen sino la parte más visible de cambios que están alterando radicalmente las condiciones de la producción del conocimiento en escala global. La imposición de criterios de evaluación del rendimiento académico basado en exigencias de competitividad y productividad individualizada está produciendo transformaciones ampliamente reconocidas en la cultura académica.

1. Karl Polanyi, The Great Transformation. The Political and Economic Origins of Our Times, Beacon Press, Boston, 1944, p. 57.
2. El nihilismo al desnudo. Los tiempos de globalización, LOM ediciones, Santiago, 2001, p. 15. 3. Teresa Pacheco y Angel Díaz Barriga, Evaluación académica, Centro de Estudios sobre la Universidad de la UNAM y FCE, México, 2000.

miércoles, 11 de octubre de 2017

LA ADQUISICIÓN DE LA TEMPORALIDAD EN EL HOMBRE


LA ADQUISICIÓN DE LA TEMPORALIDAD EN EL HOMBRE




El hombre es a sí mismo el objeto más maravilloso de la naturaleza; pues no puede concebir qué es el cuerpo, menos aún qué es la mente, y menos que todo cómo estará unido el cuerpo a la mente.
B
LAS PASCAL



Si a nosotros nos mostraran el ser una sola vez, quedaríamos aniquilados, anulados, muertos. En cambio el tiempo es la dádiva de la eternidad. La eternidad nos permite todas esas experiencias de un modo sucesivo.
J.L. B
ORGES



El tiempo madura todas las cosas. Ningún hombre nace sabio.
M
IGUEL DE CERVANTES



Nosotros no recordamos días, sino momentos.
C
ESARE PAVESE

EL HOMBRE del mundo occidental siente que su vida transcurre en lo que podemos llamar tiempo del sentido común, que fluye, según lo cree, de manera lineal del pasado al presente y de ahí al futuro; en esa idea están implicadas las nociones de irreversibilidad, duración y periodicidad. Sin embargo, el niño no posee al nacer este esquema temporal, sino que lo va adquiriendo durante los primeros años de su vida a través de su crianza, de las costumbres de su ambiente y del lenguaje, y a medida que es sometido a las normas, leyes y convenciones de la cultura. En el presente capítulo discutiremos de qué modo el niño es ubicado en una cultura que incluye la concepción de un tiempo que fluye. Por ello, nuestra exposición se referirá, en primer lugar, a los modelos psicoanalíticos que tratan de explicar los vestigios más primitivos del tiempo en el sujeto y, posteriormente, a las contribuciones de Jean Piaget sobre la adquisición de la temporalidad en el niño.

No tenemos indicios de que el feto capte alguna forma de temporalidad. Suponemos que vive en una especie de estado estacionario en que el tiempo no tiene una dirección preferencial, y en el que los acontecimientos biológicos oscilan simétricamente alrededor de un optimo homeostático regulado por su madre (Blanck-Cereijido, 1983). Por supuesto, el feto sufre desequilibrios que lo impulsan a lo largo de todas las etapas de gestación, pero estos se desarrollan en periodos demasiado largos compara sospechar que puedan dar origen a un sentido temporal. cuando el niño nace, las condiciones cambian: el estado de causiequilibrio fisiológico de la vida fetal se rompe, y el traumatismo del parto causa una situación de angustia tan severa que se ha llegado a pensar que toda angustia posterior, incluso la de la vida adulta, la vuelve a evocar de alguna manera. Esa angustia del nacimiento duraría desde que se rompe la relación intrauterina con la madre hasta que el recién nacido tiene por fin la primera inspiración. Ese lapso, esa experiencia traumática, posee características de temporalidad por dos razones: dura y tiene dirección. Por ello, Liberman (1955) opinó que el sentido del tiempo comienza a estructurarse en el canal uterino.

Así y todo, la noción temporal es casi inexistente en el recién nacido. Aunque el niño ya depende de una fuente de suministros externa, la unión que mantiene con la madre tiene carácter simbiótico, lo cual le permite sentirse como si fuera uno con esa madre que cuida de él, y en consecuencia, engendrar una fantasía de omnipotencia.

Pero, en cambio, las demandas de alimento del niño y las demoras que le son impuestas en la satisfacción son generadoras de su sentido temporal, porque son necesidades periódicas que se incrementan a medida que es mayor el tiempo que lleva calmarlas. En consecuencia, el ciclo hambre-alimento-satisfacción-hambre-alimento.etc., es fundamental para generar la noción temporal: los momentos de demora en la satisfacción son una brecha en la omnipotencia atemporal del bebé y lo van poniendo en contacto con la realidad. Por otro lado, toda situación que proporcione sensaciones cinestésicas (ritmo respiratorio, actividad cardiaca, etcétera) y cualquier otra fuente de señales periódicas que el niño pueda percibir, aun de modo inconsciente, contribuyen a la diferenciación de intervalos y son también precursoras del sentido del tiempo (Colaruso, 1979).

Cuando el bebé logra saciar su hambre y sentirse confortado por la cercanía del pecho materno, va configurando lo que se dio en llamar "la experiencia de satisfacción" (Freud, 1900). De acuerdo al mismo modelo, la demanda del niño evocará más tarde esa satisfacción de un modo alucinatorio, es decir que creará en su mente la imagen del pecho materno. Esto sucede en los momentos tempranos de la vida, periodo en el cual las operaciones psíquicas estarían gobernadas por el principio del placer, y cuando aún no hay conciencia de un decurso temporal. Pero la satisfacción alucinatoria termina por agotarse, y al tratar entonces de reemplazarla por una satisfacción más duradera, el niño pone en movimiento la atención, la memoria y el pensamiento, funciones que, aunque recién adquiridas, le permiten producir ciertas modificaciones en el mundo externo, tales como hallar el modo de llamar a la madre y de conseguir su ayuda. Cuando esto ya sucede, decimos que el aparato psíquico comienza a funcionar bajo el principio de realidad. En este momento ya existe la mediatez, la espera, la demora, la temporalidad.

Pero la demora y la falta de satisfacción tienen otra consecuencia: dan origen primero a la alucinación y después al pensamiento. Como el pensamiento opera con palabras, es necesario hacer alguna referencia, aunque somera, a la génesis del lenguaje. Lacan (1957) sostiene que el ser humano se construye como sujeto a través de las palabras que le llegan desde otra persona. Estas palabras aparecen cuando hay una ausencia y tienden a suplirla; dicho de otro modo, cuando algo falta en la realidad vienen las palabras que lo nombran. Cabe preguntar, entonces, por qué existen tales faltas y tales ausencias o, mejor dicho, que quieren decir. Como lo mencionamos en el capítulo anterior, en nuestras culturas hay por lo menos una ley que estructura las relaciones familiares y prohíbe que el deseo de la madre sea colmado por su hijo, lo cual condiciona la relación entre ambos. Esta ley, que en un sentido genérico es una función restrictiva paterna, vincula así la paternidad tanto con la restricción como con el límite impuesto a la satisfacción. A su vez, el límite en la satisfacción dará origen al deseo inconsciente, responsable de la constante búsqueda del objeto perdido, y también de que el sujeto abandone el principio del placer. En el momento en que deja de regirse por el principio del placer (bajo cuya primacía alucina lo que desea) y comienza a regirse por el principio de realidad, el niño se sitúa en otro plano para obtener satisfacción y trata de modificar la realidad externa. De este modo, la restricción desempeña un papel fundamental en la estructuración de la mente del niño, tal como lo había desempeñado en la estructuración de todos los niveles jerárquicos inferiores a que nos referimos en el capítulo I.

En la tercera semana de vida los ritmos horarios del bebé indican cierto reconocimiento del día y la noche; la madre trata en ese momento de adaptarlo a los horarios diurnos. Así, lo que era biológico se transforma en psicológico y está muy coloreado por la relación con la madre. Los precursores biológicos del sentido del tiempo (ritmo cardiaco, respiratorio, ciclos de peristaltismo intestinal, etcétera) ya no se viven de un modo objetivo, sino que forman parte del intercambio afectivo del niño con su madre.

Al inicio, el tiempo del bebé es infinito y está compuesto de instantes separados y discontinuos. A los pocos meses, el desarrollo neurológico y social del niño hacen que comience una etapa de gran progreso cognitivo y motor, que le irá cambiando su sentido del tiempo. Entre el año y medio y los tres años, el foco de interés del bebé se traslada a los esfínteres y a la posibilidad de controlarlos. A esa edad, sus condiciones de maduración y el interés de la madre en que el niño se adapte lo ponen en posibilidad de adquirir hábitos de limpieza. Ahora, el tiempo está conectado con sensaciones y afectos, asociados a su vez a un colon o a una vejiga llenos. Por fin, el niño adquiere un control consciente de los esfínteres, ya puede manipular los intervalos de tiempo, lo que da lugar a las nociones de control sobre el cuerpo, pero también sobre el medio que lo rodea y sobre el tiempo. No obstante, cuando comienza el aprendizaje del control esfinteriano el niño debe entregar su recién adquirido dominio del tiempo, resignándose a perder sus contenidos bajo las órdenes de la madre, quien establece cuándo y por cuánto tiempo debe usar el baño, cómo distribuye sus actividades motrices, cuándo duerme y cuándo come. Si, como suele suceder, el niño se identifica con la madre en sus funciones de control, podrá concebir que el manejo del tiempo le concede la posibilidad de manejar el medio familiar. En resumen, tal podría ser el origen de las fantasías de control del tiempo, de la vida y de la muerte que se encuentran más tarde en el adulto.

Entre los cuatro y los doce meses, el niño comienza a usar objetos transicionales. Esta expresión fue creada por Winnicott (1957) para designar objetos queridos por el niño, juguete o mantita al que recurre cuando se siente solo, triste o separado: es una especie de intermediario entre él y su madre, pero que el niño puede manipular. Jugar con este objeto le da una oportunidad de elaborar su experiencia con el espacio, con el tiempo, con las apariciones y ausencias de la madre, lo que le permite a su vez crear una memoria de experiencias vividas que se proyectan en el espacio cuando juega con su osito o su mantita. Estas representaciones, que tienen un carácter intermedio entre lo interno y lo externo, le ayudan a formar otras representaciones psíquicas más estables, que funcionan como puentes durante las ausencias del objeto amado. Las experiencias del niño son ahora menos fragmentarias, puesto que puede establecer conexiones entre el pasado y el presente. Volveremos sobre este punto en el capítulo VII, al referirnos a las observaciones de Freud sobre el juego del Fort-da.

La diferenciación entre su yo y el mundo externo, el comienzo de la simbolización y del lenguaje y la aparición de la memoria, darán mayor estabilidad a sus representaciones psíquicas y afianzarán por fin su propia identidad. A esta altura, el niño puede conservar de modo más regular la representación mental de su objeto querido: ya no se desespera durante sus ausencias, porque puede evocarlo. Ello le permite percibir duraciones y continuidades, el tiempo se le convierte en un flujo de sensaciones que tienen un sentido unitario que trasciende las diferencias de contenido de cada instante.1

El desarrollo de la temporalidad en el individuo fue estudiado por Jean Piaget desde una óptica diferente. Para empezar, considera la noción de tiempo como un elemento de lo real en el niño, pero también sostiene que en psicología el apriorismo kantiano, que postula la existencia de la intuición temporal, carece de validez, pues las nociones que son aparentemente primarias para los adultos aparecen en un niño después de un largo trabajo de construcción. En La construcción de lo real en el niño, Piaget (1976) afirma que motricidad y cognición se complementan, puesto que el sujeto conoce al mundo y a sí mismo a través de la acción. "La inteligencia —dirá más adelante— surge en el contacto con las cosas, organiza al mundo organizándose a sí misma." Correlativamente, las nociones de objeto, causalidad, espacio y tiempo se elaboran de manera simultánea e interdependiente. Las relaciones causales implican un orden en el tiempo: causa antes, efecto después; las dos cosas —casualidad y tiempo—, por lo tanto, tienen un origen común.

Para Piaget, el pensamiento es un proceso refinado y flexible de prueba y error, que no depende de actitudes automáticas aprendidas ni reflejas. Existen, según él, cuatro etapas en el desarrollo cognitivo. La primera, sensorio-motriz, cubre los dos primeros años de vida y está caracterizada por una inteligencia empírica y no verbal; el niño experimenta con objetos y conecta las nuevas adquisiciones con las anteriores, aprendiendo así de su propia experiencia. En la segunda etapa, preoperacional, de los dos a los siete años, los objetos de la percepción son representados por palabras, el niño manipula experimentalmente en su mente las palabras de la misma manera en que antes manipulaba los objetos. En la tercera etapa, de los siete a los doce años, comienza a realizar operaciones lógicas y clasifica objetos por sus similitudes o diferencias. En la última etapa, de los doce años hasta la adultez, el individuo comienza a utilizar operaciones lógicas formales y el pensamiento se transforma en una especie de experimentación más flexible.

Tanto el espacio como el tiempo están presentes en toda percepción, que es extensa y tiene duración, aunque en el niño la duración está lejos aún de la temporalidad adulta. Al principio, el tiempo para el niño es igual a la duración psicológica de sus actos; después va a establecer una relación de esta duración con los hechos del mundo externo y, por último, incluirá sus actos en la serie de sucesos rememorados, formando la historia de su medio, convirtiendo al tiempo en la red que ensambla la estructura objetiva del Universo.

Como Piaget asocia el desarrollo de la temporalidad a los estadios del desarrollo de la inteligencia sensoriomotriz, convendría revisar ahora, muy brevemente, en qué consiste la noción de tiempo en cada uno de ellos.

En los primeros estadios, que abarcan los 4 a 5 primeros meses, se adquieren algunos hábitos simples. Si bien existe una noción de espacio, es fragmentaria y no hay diferencia entre el mundo externo de la realidad y el mundo interno experiencial. Existen impresiones de deseo, de espera, de éxito o de fracaso: existe una conciencia de sucesión de desarrollo de las etapas de un acto, pero cada acto forma un todo aislado de los otros. A su vez, cada sucesión consiste en un deslizamiento desde la fase de deseo hacia la fase terminal de éxito o de fracaso, que es sentida sólo como presente. De esta manera, la duración es exclusivamente psicológica: no hay sucesión de hechos afuera del yo, ya que no hay límite entre la propia actividad y las cosas. A partir de sus primeros hábitos el lactante es capaz de realizar dos operaciones que interesan a la elaboración de las series temporales: coordina sus movimientos en el tiempo y efectúa algunos actos antes que otros en su orden regular; por ejemplo, abre la boca antes de succionar. Por otra parte, a partir del segundo estadio puede coordinar sus percepciones en el tiempo, como volver la cabeza al oír un sonido y tratar de ver la fuente que lo emitió.

Piaget afirma que es importante separar el punto de vista del observador de aquel, del sujeto. Para el primero, los actos del niño se ordenan en el tiempo, pero no existe evidencia de que la sucesión sea percibida como tal por el niño. El niño puede llegar a ordenar sus actos en el tiempo sin percibir ninguna sucesión que ordene los acontecimientos.

Piaget considera que en los dos primeros estadios de maduración lo que el niño siente es una duración de las acciones que realiza. Esta duración se confunde con el desarrollo mismo del acto, pero no implica un antes ni un después, ni una medida de intervalos.

A partir del tercer estadio (5-9 meses) el niño comienza a actuar sobre las cosas y a utilizar las relaciones que ellas tienen entre sí. Así como durante los dos primeros estadios el niño es indiferente a los objetos que desaparecen de su campo perceptivo (si deja de ver una cuchara, ésta deja de existir), durante el tercer estadio comienza a atribuirles una permanencia, y se muestra capaz de buscarlos. También comienza a aplicar la causalidad a las cosas: a esta edad, el niño entiende que su propia acción es la única causa de cualquier efecto que aparezca, aunque éste no tenga en realidad contacto alguno con él. También el espacio que percibe ahora depende de la acción que él ejerce sobre las cosas. Percibe una sucesión de acontecimientos cuando él los motiva. El niño del tercer estadio todavía no es capaz de reconstruir la historia de los fenómenos exteriores, ni de evaluar los intervalos, sino sólo de percibir la sucesión elemental de las acciones ya organizadas.

En la cuarta etapa (9-11 meses), los objetos pasan a ser permanentes, a existir aunque el niño no los vea. Esto lo llevará a realizar acciones para verlos, con lo que se establecerá un nexo entre sus actos y los sucesos externos. El tiempo, que al principio era sólo inherente a las propias acciones, se empieza a aplicar ahora a los acontecimientos independientes del yo. Pero esta objetivación es limitada: el "antes" y el "después" todavía no son sistemáticos ni continuos. El tiempo aún no es un medio común que abarque tanto a la propia acción como al conjunto de acontecimientos, sino algo que prolonga la duración subjetiva de las acciones del niño. A esta altura, su memoria le permite reconstruir series breves de sucesos independientes del yo, pero aún no puede reconstruir la secuencia de los fenómenos del mundo externo.

La mayor parte de las conductas del quinto estadio aparecen alrededor del año. El tiempo ya no se aplica sólo a las acciones que vinculan al niño con los objetos, sino que llega a ser el medio más general. Las cosas ya no son espectáculos a disposición del niño, sino que se organizan en un universo permanente. A esta altura del desarrollo, la causalidad trasciende la subjetividad, el niño es menos egocéntrico.

Si bien el tiempo se hace general y se extiende a todo el campo de la percepción, el niño no puede todavía evocar el pasado. Los momentos que no han dejado huella perceptiva no pueden ser recordados.

Finalmente, en el sexto estadio de construcción de la realidad (18-24 meses), el niño puede evocar recuerdos, y los puede ubicar en un tiempo que comprende también su historia. De ahora en adelante, su propia duración se sitúa en referencia a la duración de las cosas, lo cual posibilita el ordenamiento de los momentos del tiempo y su medida con respecto a puntos de vista externos.

Piaget (1961) afirma que el lenguaje y la socialización contribuyen a crear las nociones de duración y sucesión, y a transformar al tiempo en continuo y universal. Aparece la noción de flujo temporal continuo, la conceptualización temporal como una función cognitiva que madura con la experiencia y con el crecimiento, y que llevará a concebir la duración como el sentido subjetivo del paso del tiempo. También considera que el niño adquiere la posibilidad de captar la experiencia física de la duración, que aparece representada por su propia edad, o la edad de los que lo rodean.

En resumen: la temporalidad del adulto no es espontánea, sino que se adquiere a partir de las experiencias de pérdida, y está ligada a la posibilidad de hablar, pensar y hacer. Sin embargo, la temporalidad del adulto no ha sido la misma para el cazador de la Edad de Bronce que para el filósofo griego o para el hombre del siglo XX. Los tiempos del hombre han ido evolucionando a lo largo de la historia. En el próximo capítulo veremos, por lo tanto, cómo fue evolucionando la noción del tiempo que tenemos en nuestros días.

NOTAS

1 J.Lacan, en El tiempo lógico (1966) describe tres tiempos: El instante de ver, el tiempo de comprender y el momento de concluir. Sus comentarios acerca del tiempo se vinculan al problema de la identificación y la constitución del sujeto. Podemos advertir sin embargo, que más que "tres tiempos", se trata en realidad de tres aspectos de la subjetivación y de la intersubjetividad.

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martes, 8 de agosto de 2017

El emprendimiento, la innovación y los millennials

El emprendimiento, la innovación y los millennials

La nueva generación de emprendedores menores de 35 años, son en su mayoría creadores de nuevas empresas y más jóvenes cada día.
Llamados comunmente “millennipreneurs o millennials”, son aquellos nacidos entre 1980 y 1995, y ponen en marcha 7,7 Empresas, frente a las 3,5 empresas que ha desarrollado la generación de los baby boomers, nacidos entre 1946 y 1965 o que tienen 50 años o más.

Esta generación se caracterizan por ser nativos digitales y por tener mucha presencia en las redes sociales, encontrando grandes oportunidades de negocio en Internet.

Amantes de la tecnología ven oportunidades en innovación y técnicas avanzadas de marketing digital, gracias a su hiperconectividad. Siendo así el futuro de la economía global.

Perfil del emprendedor millennial
Estos jóvenes se caracterizan por ser cien por ciento digitales (no imaginan su vida sin Smartphones ni apps) consumidores informados y exigentes, sociables y colaborativos, autosuficientes, innovadores y creativos.


El Perú, es uno de los seis países (incluyendo además a Vietnam, Filipinas, Tailandia, Malasia e Indonesia) con una mayor propensión a emprender entre las mujeres que en los hombres.

El TEA femenino es del 23% y el TEA masculino es de 22%.

En general, hay una participación mayor de emprendedores entre las edades de 25-35 y 35-44 años.
En el Perú, el rango de edad con mayor cantidad de emprendedores se mueve hacia una población más joven, entre 18-25 (24%) y 25-35 años (25%).
Polonia, España y China cuentan con las mujeres emprendedoras con mayores tasas de actividad. Las mujeres emprendedoras de Suiza, Alemania y Bélgica suelen ser pioneras en sus familias.
Normalmente el capital que utilizan para emprender proviene de los ahorros personales (43%), de préstamos bancarios (21%) y de préstamos personales de familia y amigos (17%).
Lo que revela que el acceso a financiamiento es limitado y deben recurrir al propio.

La Motivación
En su mayoría, los emprendedores en el mundo están motivados por la oportunidad más que por la necesidad.
La prevalencia más alta de emprendedores por oportunidad se encuentra en las economías basadas en innovación (78%), mientras que en las economías basadas en recursos y en eficiencia la tasa es de cerca del 68%.

En el Perú, los emprendedores por oportunidad alcanzan el 73%.
Podemos encontrar motivaciones por oportunidad, algunos buscan mejorar su situación, ya sea logrando mayor independencia o un mayor ingreso.

El GEM (Global Entrepreneurship Monitor Peru) se refiere a ellos como emprendedores por oportunidad impulsados por la mejora o el progreso (IDO, por sus siglas en inglés).
Generalmente el Índice Motivacional revela que, en las economías basadas en recursos hay casi 1.5 veces más emprendedores IDO que emprendedores por necesidad, mientras que en las economías basadas en eficiencia esta relación es del doble y en las basadas en innovación es el triple.

Los emprendedores, una figura profesional muy de moda en estos tiempos, constituyen la piedra angular para la generación de empleo y riqueza en nuestro país.
Expectativas de creación de empleo

Veamos la frecuencia promedio de emprendedores orientados hacia un mediano o alto crecimiento (aquellos que esperan crear 6 o más puestos de trabajo) es similar entre todos los países (18% en las economías basadas en recursos, 21% en las economías basadas en eficiencia y 20% en las economías basadas en innovación).

Los Estados Unidos tiene una proporción de estos emprendedores ambiciosos (32%) mayor que el promedio de los países con economías basadas en innovación (20%).
Los valores significativos de emprendedores orientados hacia un mediano o alto crecimiento se encuentran en los países con economías basadas en eficiencia: Colombia y Chile en Latinoamérica, Taiwán, China y Kazajstán en Asia, Túnez en África, y Rumania e Irlanda en Europa. o Para el caso peruano, la proporción de emprendedores con mayor orientación al crecimiento es del 16%.
El mayor porcentaje de negocios unipersonales, sin expectativas de creación de empleos, se encuentra en las economías basadas en innovación (45%, seguidos por las economías basadas en recursos (40%) y las economías basadas en eficiencia (39%).

Hablemos de Innovación
Los niveles de innovación se incrementan con el desarrollo económico (21% en economías basadas en innovación, 24% en las economías basadas en eficiencia y 31% en las economías basadas en recursos).

Desde una perspectiva regional, los niveles de innovación son mayores en Norteamérica.

Por país, los niveles más altos de innovación se observan en Chile e India, donde más de la mitad de los emprendedores están innovando en productos o servicios.

En el Perú, el porcentaje de emprendedores innovadores alcanza el 16%. Perú ocupa el cuarto lugar en emprendimiento actualmente.
La innovación, emprendimiento, y sobre todo muchas ganas, van de la mano y son una clara muestra de que con determinación es posible conseguir que una idea se traduzca en un impacto significativo y consiga, además, marcar la diferencia con el resto de competidores.

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