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miércoles, 5 de julio de 2017

“La economía, más que una ciencia, es un conjunto de creencias”

“La economía, más que una ciencia, es un conjunto de creencias”

La economía encontró soluciones a problemas como la inflación, pero ciertas conductas humanas le provocan límites que impactan sobre la política, dice el entrevistado.

“La economía, más que una ciencia, es un conjunto de creencias”
G DELL’ORO Diagnóstico. “Tenemos problemas interesantes, pero nuestras soluciones son insólitas. Y aprendemos poco de nuestros errores”, dice Di Tella. / G DELL’ORO

Rafael Di Tella es un economista argentino que trabaja en la Universidad de Harvard donde enseña e investiga economía.

Con 49 años, es uno de los pioneros en aplicar supuestos realistas sobre el comportamiento humano.
Va un ejemplo.
Una rama de la economía asumió durante años que las personas interpretan de la misma forma una evidencia y por lo tanto reaccionan igual ante un resultado. Para Di Tella esto no es correcto.
“Existen distintas narrativas o lecturas de lo que nos pasa como individuos”.
Los medios por lo general describen lo que hace Di Tella como economía y psicología. Pero este economista de 1,92 que habla a borbotones, prefiere otra palabra que repetirá una y otra vez durante las dos horas de entrevista con Clarín: “creencias”.
“La gente tiene distintas interpretaciones de lo que le pasa, aun cuando exista una explicación mejor que otra sobre el mismo fenómeno. Es importante admitir los límites de nuestra ciencia. Son creencias”.
–La economía usa números. ¿Por qué hablar de “creencias”?
–Hay situaciones donde hay mucha diversidad en las opiniones de colegas muy calificados.
Invito a cualquier a responder esto:
¿cuánto de la bonanza de la última década se debe a los precios internacionales y cuánto a las políticas del kirchnerismo? No hay un número. Creo que, en parte por la falta de este cálculo, las conversaciones se vuelven más difíciles.
–¿Ocurre lo mismo con los fondos buitre? Unos dicen que con el default nos hundimos. Y otros, que no pasa nada.
–Exacto. Si uno habla con 15 especialistas y pregunta por qué un default es malo, escuchará 15 opiniones distintas. Hay un desconocimiento muy grande sobre cómo y cuál sería el mecanismo de transmisión de una cesación de pagos sobre la economía real. Es raro. Si uno vuelca una taza de café explica a través de una teoría sobre la gravedad por qué se cae el líquido. Pero si uno pregunta lo mismo sobre el default no se sabe. La economía, más que una ciencia, es un conjunto de creencias.
–Si en economía hay creencias, ¿entonces hay “creyentes” o “convencidos” de sus ideas en vez de científicos?
–Totalmente. Es muy fácil en las ciencias sociales, y en economía en particular, mezclar lo que creo con lo que prefiero. Yo prefiero por mucho una economía abierta. La evidencia que tengo para “demostrar” que es mejor que una cerrada es sólo moderada y es una combinación de experiencias históricas, datos, teorías que no resisten un test científico puro y duro. Yo querría poder recomendar que el gobierno abra más la economía. Pero no debería reclamar un estatus “científico” para mi recomendación.
–Los economistas, con sus ideas, muchas veces exponen, ponen en riesgo a los políticos. ¿Qué piensa?
–Que los políticos no tienen la culpa de decisiones erradas si son respaldadas por diagnósticos equivocados que hacemos los economistas.
–La persona que la Presidenta más escucha es un economista con vasta experiencia en la academia. ¿Cómo ve a Axel Kicillof?
–El ministro Kicillof dice una cantidad de cosas evidentemente equivocadas. Sus frases y conceptos ni siquiera se condicen con lo que él mismo, o Cristina, dicen querer llevar a cabo.
–Deme un ejemplo.
–La concepción de Kicillof para bajar la inflación no se condice con sus discursos. Los economistas no sabremos muchas cosas, pero una de las pocas que sí sabemos, por ejemplo, es bajar la inflación. De eso hay mucho escrito y experimentado exitosamente. Hay dos formas de bajar la inflación, la ortodoxa y la heterodoxa. La ortodoxa es costosa, pero funciona siempre. La heterodoxa cuesta más y funciona a veces. La ortodoxa funciona a través de una recesión. Y eso hará Kicillof. Para la fórmula heterodoxa, en cambio, hace falta que los otros jugadores confíen en uno: acuerdos, dar concesiones y negociar. Por todo esto, el Gobierno no podrá recurrir a una fórmula heterodoxa para bajar la inflación.
–Usted es uno de los editores de “Excepcionalismo argentino”, un libro que analiza el desempeño de la Argentina en los últimos 100 años. ¿Qué eje reconoce para el país en todo ese período?
–Muchas decisiones de política populistas.
–Defina populismo.
–Una política que destruye los recursos de un país. Hay dos maneras de entender este fenómeno. Una, usual entre nosotros los economistas, sostiene que las personas votan opciones populistas motivadas por su principal afán: ganar dinero. La otra, asume que las personas pueden votar opciones populistas aun cuando su principal afán no sea solamente buscar dinero sino una sensación de dignidad o justicia. Un caso podría ser no pagarles a los buitres. Para los “psiconomistas” se trata de una acción costosa pero que satisface un objetivo de justicia y dignidad.
–Según su visión, ¿el populismo en la Argentina fue producto de decisiones de los gobernantes o de los votantes?
–Argentina tomó muchas decisiones de política erradas en estos 100 años. En los 60 y 70, por ejemplo, cerramos la economía más de lo razonable y provocó cuellos de botella. Pero una vez que los políticos las tomaron, los argentinos como votantes quisimos, nos convencimos, de que lo mejor para nuestro devenir era cerrar la economía.
–¿Por qué en Argentina prevalece un discurso a favor del proteccionismo cuando mucho de lo bueno que nos pasó como sociedad provino de la globalización?
–No tengo una respuesta. Mi conjetura radica en las interpretaciones particulares que hacemos en la Argentina sobre los eventos que suceden en el mundo. Son narrativas que alguna circunstancia hace atractivas o impuestas por los medios o por grupos de intereses. Y la narrativa económica de los últimos 15 años fue construida por un grupo de economistas que aprovechó un espacio dejado por otro grupo de economistas que fue descalificado.
–¿Economistas descalificados? ¿Cómo es esto?
–Sí. Un conjunto de analistas interpretamos muy mal qué nos iba a pasar en 2001 y eso generó malestar social para con nosotros. Hemos vendido un poco de pescado podrido y la gente nos lo cobra. Pero también hay que decir que los economistas kirchneristas interpretaron de manera particular esta década: ellos sostienen que los aciertos de estos años fueron producto de medidas tomadas por los Kirchner y no de los altos precios de los granos. Esas interpretaciones fueron muy empujadas desde ciertos medios y tuvieron un impacto importante en la construcción de la narrativa.
–Medios, narrativa. El Gobierno también pone el eje en ello para criticar al periodismo. ¿Coincide en ese punto?
–Es distinto. No digo que se pueda cambiar la realidad con el relato. Pero si el Estado machaca su visión con respecto a un tema en particular y monopoliza la comunicación, eso conlleva grandes riesgos. Se necesita más de una voz en el mercado de opiniones.
–Cada 10 años el péndulo de las opiniones en Argentina corre de un extremo a otro. ¿Cómo se corrige?
–Doy una propuesta: el próximo gobierno debería dejar Aerolíneas en manos del Estado. Si La Cámpora quiere mantener su gestión se las dejaría porque de ese modo uno se asegura de que el péndulo sea más corto. Así, estará al alcance de la vista para la sociedad cuál es el resultado de gestionar una empresa pública.
–¿Cree que la Argentina es un caso excepcional en el mundo?
–Definitivamente. La intensidad de sus crisis, sus frecuencias, sus impactos sobre la estructura y en la manera que nos organizamos los argentinos son inusuales.
–En “Excepcionalismo argentino” brinda una serie de explicaciones de por qué la Argentina retrocedió en 100 años. ¿Cuál lo convence más?
–El economista Lucas Llach sostiene que los argentinos no éramos tan desarrollados a principios del siglo XX como generalmente se dice. No digo que esta sea la única, pero sí una.
–¿Cuál otra mencionaría?
–La interpretación de los acontecimientos que suelen tener los argentinos es, al menos, particular. Cuando uno ve 100 años de historia económica argentina, registra que hubo malas políticas y episodios ajenos que influyeron en el desempeño del país. Pero en verdad todos los países tuvieron mala suerte en algún momento. Lo raro en Argentina es cómo sus políticos interpretan lo que nos sucede. Siempre repetimos que somos un país rico, que una persona nos engañó y que a este fulano hay que ir a buscarlo.
–Massa, Scioli, Macri, Unen, todos tienen y muestran a sus economistas. ¿Qué pueden aportar de cara a 2015?
–Se sobreestima la figura del economista en la campaña. Hay personas especializadas en temas puntuales que tienen para aportar lo mismo o más que los economistas. Después de todo, no necesitamos grandes reformas para después de 2015.
–¿El cambio de gobierno mejorará la economía en 2015?
–El Gobierno hace cosas particularmente malas como la del INDEC. Es como si alguien que le duele el brazo va y lo apoya arriba de un punzón. Va a gritar más. En ese sentido, es evidente que el país puede tener mucha menos inflación. Y los economistas sabemos bastante sobre el tema como ya dije. No es difícil hacer cosas que mejorarían las perspectivas de corto plazo.
–Qué paradójico, ¿no? Arrancamos diciendo que la economía no tiene respuesta para todo.
–Es cierto. Muchas veces tenemos un problema en casa con una cañería y llamamos a un plomero que no le pega. Pero en ciertos temas en específico es el plomero quien está equivocado y no la disciplina.
–¿Qué le diría a un extranjero que pregunta por el país?
–Tres cosas. Primero, lo interesante que son los problemas que tenemos. Segundo, lo insólito que son las soluciones que se nos ocurren. Y tercero, lo poco que aprendemos de nuestros errores.

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